Ya había pasado la Navidad y se acercaba el fin del año 1989, año tumultuoso y conflictivo.

La hiperinflación y los saqueos habían vencido las rodillas de un titubeante Raúl Alfonsín, reivindicado muchos años después.

Un exultante Carlos Saúl Menem gobernaba luego de ganar las elecciones y asumir el poder anticipadamente. Tibiamente, se empezaban a asomar las ideas privatizadoras y neoliberales de los noventa. Cavallo era un desconocido economista que ostentaría luego su poder de fuego gracias a la convertibilidad y los viajes de algunos a Miami.

Yo era un joven de 25 años que ya tenia trabajo y, además, estudiaba en la UTN.

El rock nacional siempre fue mi pasión y había ido a cientos de recitales en Obras, esta vez era distinto. Era en Obras, pero en la cancha de Hockey, al aire libre.

A los Redondos los había conocido poco tiempo antes, me pasaron casette copiado del disco “Bang Bang estas liquidado” y mis canciones favoritas eran: “Maldición, va a ser un día hermoso” y “La Parabellum del buen Psicópata”.

Nos juntamos en la puerta del bar “Rojo y Negro”, de la Avenida del Libertador. Éramos un grupo mixto de ocho amigues, sabíamos que iba a ir mucha gente y llegamos dos horas antes.

La multitud era impactante, era mi primer recital de los Redondos y empecé a ver cosas únicas para un recital, los ángeles de la soledad llevaban banderas de fútbol y del grupo.

La entrada fue lenta. La seguridad la ponen los Redondos, pero las calles estaban infectadas de Policías y carros de asalto.

Entramos a la cancha de hockey y nos sentamos por la mitad del predio, para evitar el ahogo de adelante.

De fondo se escuchaba la música ambiental que ponía Soldado, aquel mítico plomo de la banda, junto con Vikingo, su mano derecha.

El ambiente, “la misa ricotera”, era espectacular, muy futbolero. Se cantaba aquello de “Esta hinchada esta re loca somos todos Redonditos, Redonditos de Ricota” agitando banderas y con las chicas subidas a los hombros de novios y amigos.

Veinte mil ricoteros en misa, veinte mil almas que -por un rato- se olvidaban de penurias económicas. Veinte mil ángeles que buscaban la redención.

Las luces y el sonido explotan y el Indio Solari aparece con su clásica estampa de boxeador aficionado estilo Loche, moviendo lentamente su cadera esquivando héroes. Skay, en un costado, se para como Hendrix y nos mira con esa sonrisa de costado y su sombrero alado.

Suena “Vencedores vencidos” y veinte mil corazones se agitan y cantan. Cantan para ahuyentar los males y exorcizar las penas. Cantan y el mundo cambia, se hace bueno, amable, vivible.

Los temas van pasando, la gente no para de cantar, somos remolinos en un mar de felicidad y sudor, nos empujamos y nos abrazamos y nos reímos y lloramos de alegría. Todo junto y al mismo tiempo, como una película de Almodóvar.

De repente, un instante mágico. Los primeros acordes de  “Ji ji ji” son como un circo llegando al pueblo, nos exaltamos, saltamos, gritamos y bailamos. Por primera vez, el pogo más grande del mundo tiene veinte mil guerreros para el combate, la furia fue desatada. Nada importaba, sólo agitarse y arremolinarse.

Algunos se querían subir al escenario o a las torres de las consolas, caos y más caos. Imparable como un tsunami de sentimientos y emociones, maravilloso como un orgasmo, furibunda como una patada voladora al cerebro y al corazón.

Nosotros nos perdimos, nos encontramos, nos abrazamos y transpiramos vida e ilusiones.

El recital va llegando a su fin, el Indio pide calma y tranquilidad, que todos volvamos a casa. Un par de años después, en otro recital de los Redondos, Walter Bulacio no lo pudo hacer, victima de la Policía torturadora y criminal.

El recital termina y algunos se van retirando. Afuera suenan sirenas y balas que, suponemos, son de goma.

Adentro, un picnic improvisado gracias a la pericia ricotera de reventar los dos puestos de Coca instalados en las esquinas, revoleando panes de pancho y algunas pocas gaseosas que quedaban.

Con mi gente nos quedamos un buen rato más picoteando los panes de panchos que volaban sobre nuestra cabezas y atajábamos como arqueros profesionales.

La misa había terminado, los fieles estaban agotados y felices, llenos de energía para caminar hasta una pizzería y reponer fuerzas.

Fue mi primer recital de los Redondos y, en ese momento, no me di cuenta que era una situación histórica. Por primera vez éramos veinte mil, y con los años y los estadios, ese numero de gente se multiplicaría infinitamente.

Todavía hoy escucho en mi cabeza esa voz agitada y cascada del Indio, en 1989, cantándome a mí, solo a mi: “En este film velado en blanca noche, el hijo tenaz de tu enemigo…”.

 

LA MEJOR ROTISERÍA DE MERLO, SAN LUIS

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