… cuando todos los deseos se cumplían y todo estaba por hacerse, nos creíamos invencibles, inmortales, y soñábamos ser nuestros superhéroes favoritos, para poder volar, caminar por las paredes, lanzar telarañas, hacernos invisibles o nadar hasta el fondo del mar sin tener que salir a respirar.

La calle era nuestra, y jugábamos a la pelota hasta el último destello de sol, sin temor de ser atropellados por algún auto. Éramos Poncharelo y John Baker de Chips, los policías motorizados que veíamos por canal 11, y salíamos a patrullar con nuestra bici. Para hacer más verídica la aventura, atábamos un globo apenas inflado en la rueda trasera para que, al rozar con los rayos, semejara el ruido de una moto.

Recorríamos todo el barrio, y la curiosidad nos llevaba a conocer lugares impensadamente alejados, que nunca serían confesados a nuestros padres.

 

 

Creábamos nuestras propias películas de terror, buscando casas abandonadas, diseñando estrategia para entrar sin ser descubierto por ningún fisgón; y revivíamos la leyenda trágica del “castillo del horror” de  Villa del Parque.

Las únicas redes que conocíamos, eran las de los arcos de fútbol, y las teníamos que imaginar, porque sólo las veíamos por la tele, los domingos por la noche, o en la cancha. Nuestros arcos, en vez de postes, tenían dos montículos de ropa, dos palos enterrados en la tierra, cuando íbamos al parque. Y, cuando el almacén de Lázaro cerraba, la persiana del local era un arco de  lujo.

La tele en colores llegó con la tragedia de Malvinas y el patético Mundial ´82. Sólo se podía disfrutar de las delicias del Súper Agente 86 al mediodía, y de Carozo y Narizota en la merienda. Los viernes a la noche, eran de “lucha libre ATP”, con Titanes en el Ring. Mágicamente adquiría las técnicas de combate de Mister Moto o El Pibe 10, para impedir que El Diábolo sembrara el mal en la Tierra.

La TV por cable, el streaming y las Smart TV,  eran parte de un futuro que se le había escapado a Orwell, a Bradbury, y hasta a Phillip Dick.

El auge de la Fórmula 1, encarnado en el crédito local del “eternamente segundo”, “Lole” Reutemann, popularizó el deporte sin distinción de rango etario ni escala social.

Carozo y Narizota

 

La visión comercial de algún fabricante despabilado concretó esa nueva pasión con reproducciones fieles de los prototipos para delicia de los chicos.

Pasaba horas rellenando con masilla mi réplica, y ubicando el lugar exacto para colocar la cucharita enterrada en el “chasis”, a fin de lograr un deslizamiento perfecto.

Así fue como, con mi Brabham, de la mano de Nelson Piquet, me coroné campeón de un Gran Prix disputado en la escuela. Luego llegaría el “bicampeonato”, en el barrio, de la mano de la Ferrari de Giles Villeneuve.

Me había transformado en firme candidato, cuando tuve la infortunada idea de probar suerte con el Lotus, negro y dorado, obteniendo un penoso quinto puesto, sin poder retirarme de las pistas por la puerta grande.

Eran tiempos donde las guerras se disputaban en verano, y el armamento estaba compuesto de bombitas de agua. Y donde, ya desde pequeño, manifestaba cierta desconfianza hacia las fuerzas de seguridad; por eso, en el Poliladron siempre prefería ser un “maleante”. Y ansiaba ser un polizón, cuando me colaba en el San Martín para escaparme del “chancho”.

El único atisbo de egoísmo e individualismo, se canalizaba a través del Yo-Yo, y del “canté pri”, para no quedar rezagado en ningún juego.

Los conflictos más descabellados, se resolvían en varias manos de “Piedra, papel o tijeras”.

 

 

El trueque era práctica habitual, con el intercambio de  figuritas, y empeñábamos la palma de la mano, jugando a Espejito, para intentar llenar el álbum sin tener que comprar, porque el presupuesto era demasiado exiguo. El Capitalismo, sin saber lo perjudicial que sería, lo practicaba vendiendo revistas usadas en la puerta de mi casa.

Sólo podíamos contagiarnos de un virus a través de la Mancha venenosa pero tenía cura, no dejaba secuelas y aseguraba diversión ilimitada. Y se practicaba cierta forma de “socialismo infantil”, cuando el último que no fue descubierto en La Escondida cantaba: “¡Pica para todos mis compas!”.

El único escape seguro para sentirse a salvo, eran las chozas que construíamos en los árboles al costado de la vía. Eran el mejor refugio para contrarrestar el asedio familiar.

Creí firmemente que esa etapa jamás iba a terminar, y seguí creciendo sólo porque lo indicaba la biología y el calendario.

Creí que sería un niño para toda la vida. Todavía quedaba mucho por hacer. Pero el tiempo es impiadoso, es como intentar nadar contra corriente en una cascada. El fin del primario fue un muro infranqueable para mi sueño, un baño de la más cruda realidad.

Los intereses de la mayoría de mis amigos, acordes al inicio de la pubertad, comenzaron a ser diferentes a los míos, que seguían siendo los mismos. Más por obligación que por convicción, comencé a preocuparme por la ropa que usaba, dejar las zapatillas rotas sólo para jugar a la pelota y prestar atención al corte de pelo.

 

 

Fui consciente de que si no me adaptaba, me quedaba solo. Con resistencia y melancolía, guardé en una “bóveda” bajo llave los tesoros más preciados, lo que me dieron tantas historias inolvidables, los que me construyeron… los que nunca más iba a utilizar.

Comenzaba el secundario, mayor compromiso y responsabilidad, también nuevas aventuras, descubrimientos que nos marcan para siempre. Desafíos y experiencias determinantes.

El primer día de clases, con mi uniforme calzado y los zapatos lustrados, dispuesto a formar en el patio, sentí que alguien me tocaba el hombro; me día vuelta y vi por última vez a aquel niño, de pantalones cortos y zapatillas gastadas, que me saludaba con un sonrisa liberadora y sin reproches. Lo vi alejarse hasta que su imagen se perdió en la neblina… el sueño, se había terminado.

 

BANZAI INDUMENTARIA

6 Comentarios

  1. Remore todos aquellos recuerdos tan lindos tan sanos tan de imaginar más que de tener… Hermosísima nota y con lágrimas en los ojos puedo decir: La picha que feliz que fui….

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