A mí me toca llevar mujeres, inválidos o viejos. Si tienen problemas de movilidad, mejor. No llama la atención. Hago que los ayudo a caminar, a sentarse y entro. Lo bueno es que chapeo con su carné y paso adelante en la fila. Entonces la movida es más rápida y puedo hacer más de un viaje. Ahora, si el que me tocó es medio opa, la cosa se complica. Nunca se sabe con qué van salir y la tengo que pilotear a full para que le den la plata.

 

 

Una vez llegué a la caja con un rengo. Había hablado hasta por los codos desde que salimos de la cueva. Me contó de un accidente en moto y no sé qué otras cosas. Yo puse mi mejor cara de tonta para saludar al cajero y le pedí al rengo los documentos. El rengo sostuvo su billetera con la mano menos atrofiada y con el dedo meñique y anular sacó el DNI. Cuando iba a dármelo me preguntó cómo me llamaba. Miré al cajero, miré al rengo, le arranqué el documento de las manos y me reí. “¿Pero vos sos o te hacés? Disimulá un poco”.

Pero el rengo insistía con que no recordaba mi nombre. Por suerte el cajero ni se mosqueó. Ellos están acostumbrados y ni les importa si el que firma no está es sus cabales o si llegó amordazado. También están los que se creen el dueño del banco y te preguntan de todo ¿De qué trabajas? ¿Ama de casa? ¿Con toda esa plata? Por eso es importante que la persona que llevás sea viva, pero no un avivado, que además de salir bien parado de la situación sale corriendo con toda la plata, porque después andá a agarrarlo. ¿Gritar? ¿Qué vas a gritar? ¿Me robaron?

 

 

A veces nos metemos en un estacionamiento para que me den la plata, pero en general me la dan en la misma puerta del banco. Yo les doy sus mil pesos y que hasta el mes siguiente no vuelvan.

Con las mujeres es ambiguo. Sí, pasan más desapercibidas, pero la mayoría tiene miedo. En general son amas de casa o pibas con tres o cuatro hijos a cuesta. Jamás vieron tanta plata. Para nosotros esto es un vuelto, pero ellas -sin exagerar te digo- tiemblan. Cuando les ponés dos o tres fajos en las manos se ponen coloradas y transpiran. Y a veces hacen cagadas, de puro nervio nomás. Que no contaron la plata, que le cobraron algo que no saben qué, o que le dieron billetes falsos. Porque, ¿te pensás que en el banco no te meten billetes truchos? Si son re bichos. Al toque te sacan la ficha y se aprovechan.

 

 

Yo sé que a mi jefe le sirve mi linda carita (a mí la gendarmería no me para), por eso me da el laburo. En general no trabaja con mujeres. Porque un pibe, ponele, me da un golpe ¿Y qué hago? Pero no hace falta ser medio negro y croto. Una vez que te junan, ser rubia y de ojos claros, también es portación de cara, porque cuando se arma el quilombo te quieren pasar por arriba sólo porque sos mujer.

Un día, un flaco que había venido de la Villa 31 como con quince tipos, se me quiso colar. Estaba repartiendo los paquetes con plata a su gente. “A ver rubia, correte”, me dijo. Se me puso adelante y me empezó pechear. Yo me planté. “¿Sabés que si yo quiero no laburás más?”, lo amenacé. Ahí no más se acercó un colombiano que me conoce y que también trae gente al banco y le dijo al oído:

“Guarda que ésta anda con el jefe de la Brigada”.

Enseguida me pidió disculpas y se quedó haciendo la fila atrás de los cuatro o cinco perejiles que yo había llevado ese día para la movida de los dólares.

 

 

También hay un par de chicas que están para cuidar la puerta y vigilar que no se les escape nadie. Porque es un segundo, bajaste la mirada, y se te fueron a la mierda. Después andá a llorarle a Magoya, hay que ponerla taca-taca. Yo, por eso, ya desde que salimos les voy comiendo la cabeza. Les dejo bien clarito quién es el dueño de la plata. Acá no se jode. Si hacen bien las cosas, se llevan su buena plata por un gancho y taza taza, cada uno a su casa. Pero si se zarpan, pueden terminar con una causa así de grande en la comisaría.

 

ENCUENTROS DISCAPACIDAD

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