Vanesa sube al 540 en dirección al centro de Lomas. Es lunes y va a buscar trabajo. Se puso, no muy convencida, la ropa y los zapatos que le prestó una amiga. Supone que una presencia más formal le dará más oportunidades. La camisa le queda un poco grande y los zapatos son un poco justos. Pero igual sonríe. “Tengo fe”.

Aunque al verse en el reflejo de la ventanilla le entusiasma la idea de ser secretaria, admite que a esta altura del partido no tiene pretensiones. “No se me van a caer los anillos por tener que fregar pisos o entregar volantes en una esquina o disfrazarme de empanada y bailar en la vereda”, dice sin perder la sonrisa. “Voy a dejar cvs para lo que sea. Tengo 10 que me imprimió mi amiga en el trabajo porque yo no puedo gastar lo poco que tengo en impresiones.”

Una vez en Lomas, camina por la peatonal mirando las vidrieras en busca de carteles. Solo se encuentra con maniquíes a la última moda. Se dirige a la zona de Las Lomitas. En un restaurante el mozo le indica que el staff está completo y no le acepta el currículum. En un supermercado piden cajera, pero sin hijos. La brisa le da cachetazos y la despeina.

“Sólo quiero trabajar”. Mira el cielo. Se está poniendo gris. Aunque para el lado de Temperley aún está soleado. Camina hacia allí. En la zona de la estación, donde hay más comercios, no hay cartelitos en ningún lugar. Vuelve hacia la estación de Lomas para alcanzar, esta vez, la estación de Banfield. Ya lleva caminando un par de horas. Está cansada y con hambre. La humedad empieza a dibujarle aureolas en la camisa. Los zapatos prestados le están sacando una ampolla en el dedo.

Llegando a Banfield, en una verdulería, ve un cartel pegado. Un papel que dice “necesito chica” o tal vez dice chico, no entiende la letra en fibrón negro y desprolija. Es un local chiquito. Dice que ser verdulera no sería una deshonra pero se siente frustrada porque en la escuela había sido la mejor alumna y llevado la bandera varias veces, aunque no terminó el secundario porque quedó embarazada. Su hija tiene 4 años. Vanesa saluda y se presenta. El olor a fruta fresca y comino sobrevuela las bolsas arpilleras con porotos y condimentos. Un hombre de origen boliviano la atiende y le confirma lo que temía: necesitan un chico.

Quiere llorar. Las nubes están tan cargadas como sus ojos y en cualquier momento revientan. Está a punto de irse pero dice que tal vez es una prueba, y que debe demostrar que realmente quiere trabajar y de lo que sea. Con su camisa blanca, su pantalón de vestir y sus zapatos de tacón, trata de convencer al verdulero de que ella es capaz de levantar bolsas de cebollas y cajones de tomate. “Yo puedo hacer lo mismo que un hombre. Tengo fuerza”. Se muestra motivada por el puesto.

Empieza a llover. Por la puerta abierta entra el olor a tierra mojada y a flores de algún jardín. Vanesa sale de la verdulería en medio de una tormenta interna. “Traté de convencerlo de que si el problema era bajar la mercadería del camión, yo estaba en condiciones de hacerlo. Le expliqué que soy madre soltera, que yo sola corro los muebles y hasta revoqué mi propia cocina. Pero me preguntó si tenía experiencia en verdulería. Le dije que no, pero que no debía ser muy difícil usar la balanza, que aprendo rápido y que soy muy amable y educada con la gente. Pero prefiere alguien con experiencia”.

Llueve a cántaros. Sin embargo, para el lado de Temperley la tormenta todavía no llega y se ve el sol. “Odio estos días “mediocres”, demasiado sol para ser un día gris, demasiada lluvia para ser un día soleado. Mediocre como yo: demasiado formal para levantar bolsas de papa, demasiado inexperta para vender cebollas”.

 

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