Cómo dos pasiones se pueden combinar y potenciarse.

Estudie periodismo solamente para trabajar en radio, y aprender a escribir notas; no me interesaba ponerme un traje para salir frente a las cámaras. La vida eligió mi propia aventura, y me llevo por diferentes caminos; algunos rectos y claros, otros errantes, y por momentos, laberinticos. Pero en todo momento la comunicación estaba presente, mas no fuera como herramienta para vincularme o generar un pensamiento crítico que me permitiera leer entre líneas.

 

 

Años después abrace la psicomotricidad, y descubrí una pasión en el hecho de suponer que podía generar un bienestar en un persona con Diversidad Funcional (una manera más atinada de referirse a la discapacidad).

Y nuevamente, la comunicación latente, imprescindible; en el vínculo con los pacientes, con la familias, en la redacción de los informes y escritos que me permitieran poner palabras a lo indescifrable. De una manera natural se retroalimentaban mis vocaciones, y me estructuraban subjetivamente. Entendí que en cada acto, por pequeño que fuera, estaba comunicando; y aprendí que paciente y terapeuta “se curan mutuamente”.

 

En los dos breves relatos que se encuentran a continuación, se evidencia esta sinergia que intento describir. Son relatos descarnados, que dan cuenta de un sufrimiento, que no siempre se logra traducir y encontrar una forma de vehiculizar. Tienen un formato literario y están cargados de metáforas, como una herramienta catártica para drenar la angustia que puede generar no poder evitar sentir el dolor ajeno.

El primero trata de un chico de once años con autismo severo, dificultad en la comunicación intencional y graves trastornos metabólicos.

El último es sobre un adolescente con hebefrenia (psicosis adolescente) con alucinaciones y una carga extrema de agresión y violencia. Sucede en una etapa de internación en una clínica psiquiátrica.

En ambos casos, el factor ambiental y vincular es patológico y discapacitante; y permiten inferir que de haber estado en hogares con familias amorosas y contenedoras, las historia podrían haber sido diferentes.

 

Relato sobre Joaquín

Cuanto deseo poder darle vuelo a tus aleteos, y llegar tan alto, donde las personas se vean como hormigas.

Cuanto deseo poder saltar con vos, y que podamos sentarnos en las copas de los árboles de la plaza.

Haría lo que fuera por traducir y darle sentido a tus repeticiones sinfín, para que pudiéramos hablar y hablar sin parar; de cuanto nos divertimos, como amigos inseparables; que nos contáramos nuestros secretos, nuestras alegrías, sueños, miedos y angustias. Que me confieses quien te gusta, y a quien no soportas.

Que en vez de golpearte los nudillos contra los dientes, les pudieras decir, a los gritos, a mama y papa, cuánto los extrañas, lo que darías para que jueguen con vos, porque te abracen, y cuanto te duelen los tratamientos y , para ver si algún día “te curas”.

Que pudieras sentir el placer de saborear un chocolate, de tomar una coca, y no simplemente devorarlos con voracidad mecánica, para que entren por un agujero sin boca, y caigan en “estómago roto”.

Esconderme atrás de un árbol, para que me encuentres, y escuchar como decís: “piedra libre Pablo”.

Y aunque no quiera convencerme de que estos deseos y fantasías, tal vez nunca se vayan a concretar, intento conformarme con todo lo que hacemos: con empujarte en la hamaca tan alto como se pueda, con verte recostado en el sube y baja.

O cuando vamos a esa fuente escondida, que solo nosotros conocemos, y, a tu manera, me pedís que te persiga. Y de ahí nos vamos rápido a los juegos de la otra plaza, y competimos para ver quién va más rápido; y aunque nunca te lo confesé, a veces te dejo ganar.

Y como nos reímos cuando intentamos cantar alguna canción de los Beatles o de María Elena Walsh, y al menos me decís la última palabra de cada verso.

Mientras seguimos intentando descubrir cómo hacer para despegar el helicóptero de la calesita, para volar por el barrio y aterrizar en tu balcón, me conformo con verte sonreír y poder abrir la puerta para salir a jugar con vos.

 

 

Relato de la internación

Es una habitación blanca, pálida, fría; aunque el termómetro indique lo contrario, es fría. Para nada acogedora. Las paredes, las puertas, las camas, las sabanas, son blancas; y por más que haya objetos de diversos colores, todo es pálido. Al punto de no poder distinguir los ángulos y las uniones entre las paredes, y con el piso y el techo. No se puede determinar claramente si se trata de un cuarto o una burbuja.

Y adentro, nosotros; Tomas, que también es pálido, más que nunca; y también estoy yo, que seguramente me empalidezco antes de entrar y me mimetizo con el entorno; por la ansiedad, por la incertidumbre de no saber con cual de “todos los Tomas” me voy a encontrar: el amigo que me espera y se alegra tanto de verme, el tirano perverso que no tiene el menor reparo en subyugarme y lastimarme, para terminar finalmente amarrado a la cama; o el indiferente, que no distingue entre mi presencia y la de un extraño.

Porque no es siempre la misma persona la que está adentro; porque adentro, el tiempo se detiene, como se detienen nuestros cuerpos y nuestras miradas cuando no se encuentran; y cuando se encuentran, se funden en un abrazo que no permite diferenciarnos; porque jamás voy a poder ser lo ojos que nunca te miraron, y jamás voy a compensar ese deseo que nunca existió; y me vas a volver a desarmar, como un escultor eternamente disconforme, que no logra modelar su obra tal como la soñó. Y me vas a transformar en piedra con solo mirarme.

Y es entonces cuando, casi, puedo entender la fragilidad de la locura, y parece que fue en un pasado incierto cuando jugábamos, bailábamos e íbamos de la mano a la plaza, y me repetías, como un mantra, la reglas que habías escrito para poder salir: “no pegar, no molestar, si alguien me mira, hablar con Pablo”. Y a pesar de todo, pero sobre todo, de vos mismo, las cumplías. Cuando mirábamos y comentábamos tus películas favoritas, y me contabas de tus amigos de tercer grado, y tantos otros recuerdos que quedaron sepultados quien sabe dónde.

Ahora siento que perdí mi identidad respecto de vos; que perdí mi voz y que mi cuerpo, por momentos se desdibuja como un holograma. Que yo puedo ser yo, u otro que ocupe mi lugar. Que solo ocupo un espacio en un tiempo, que intento que transcurra de la manera menos perjudicial y nociva para los dos.

Y aunque, por contados y preciosos momentos, podemos reeditar esas vivencias; por otros tantos, parecemos dos convictos que no se toleran, y que, por azar, deben compartir la celda.

 

PROSSIMO BAR

4 Comentarios

  1. Conmovedoras las experiencias, las cuales tuve el placer de escuchar en primera persona y de la voz de quien escribe. Cada vez que escucho la canción de La Renga «El final es en donde partí» me invaden imágenes acústicas de la jornada en la que compartimos experiencias. Te abrazo amigo querido. Y que la sensibilidad frente a estos padeceres no se apague nunca, sino realmente dejamos a estas personitas solas.

  2. Un privilegio haber compartido esa jornada y otros casos y charlas que me dieron herramientas fundamentales para poder aplicar en mi trabajo. Gracias Walter!!!!

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