Corría el año 1997 y hasta entonces mis ojos solo habían soñado con la posibilidad de ver a Nacional en vivo y en directo. A diferencia de hoy en día que un partido de fútbol puede realizarse tanto un martes como un jueves, en ese entonces, sábado y domingo eran los días asignados para poder ver a los colores de tu alma.

En ese mar verde, detrás de una pelota, para gritar el gran aclamado gol. Prendía la radio y me quedaba sosteniendo la única remera del Club Nacional de Fútbol que tenía, remera que no era la oficial por supuesto. Vivía en una casa a medio construir, me bañaba con un duchero eléctrico que para ese entonces se sintió como una bendición, ya que estuvimos muchos años bañándonos a balde.

Sostenía mi casaca como la más valiosa de mis posesiones, esperando escuchar a mi jugador favorito, tomar la delantera y aproximarse al arco contrario, y nunca fallaba, el chino Recoba con su media melena lograba que una pre adolescente de 12 años gritara gol y saltara por toda la habitación.

Recuerdo que mi madre solía llamar a mi abuela, y desde el otro lado del teléfono podías oír a mi papá gritar al unísono conmigo. Una familia totalmente dividida por el egoísmo, sólo el fútbol lograba unirnos.

Cuando mi padre venía a verme subía a su camioneta verde y hacíamos un recorrido por los alrededores de mi barrio, a veces cuando tenía suerte, ese paseo se extendía, y pasábamos por la entrada de Los Céspedes.

“Un día te voy a traer a los Céspedes”

Esas palabras siempre hacían que mi corazón saltara de alegría, tal vez podría conocer al Chino, a Munua, a Ligüera, a todos esos jugadores de los que únicamente escuchaba sus nombres en una radio, o veía su imagen en el informativo. Ese sueño aún está por cumplirse.

Mi madre solía contarme historias de su época en la cancha con mi padre, ellos trabajaban en un carro de chorizos con mi abuelo, y siempre que Nacional jugara el carro estaba ahí.

Su jugador de toda la vida siempre fue Juan Ramón Carrasco, estaba enamorada de él, bastaba que él pasara por la televisión para ella suspirar y decir “Ese hombre”.

Me reía mucho de mi madre al escucharla hablar de su amor platónico por J.R. Sin embargo, no era el único nombre que surgía en nuestras conversaciones futbolísticas. Me hablaba de Manga, para ella y para muchos el mejor arquero de Nacional.

“Mija, no sabes cómo atajaba Manga, no le gustaba usar guantes, sabías, fue el mejor”

Cada una de las historias que escuchaba de los labios de mi madre, me hacían ansiar más la posibilidad de poder ir a un partido de fútbol. Por suerte el universo escucharía mis súplicas de la mano de mi hermano Maro que para ese entonces vivía en Argentina, pero vino a pasar unos días en Uruguay.

Hacía años que no lo veía, más o menos desde los seis años. Consigo se trajo muchos regalos, entre ellos, una camiseta original de manga larga con el escudo del lado del corazón, toda blanca con puños que tenían los tres colores.

Era usada, tenía marcas de cigarro, muchos años de cancha, y para mí fue el regalo más lindo que había recibido hasta el momento. Dormía con la camiseta, la utilizaba cada vez que escuchaba un partido, era mi amuleto.

Un día, me miró a los ojos y me dijo
“¿Querés ir a la cancha?”
Sentí como si mi corazón se saliera del pecho, saltaba y corría por toda la habitación, no podía creerlo, podría gritar goool a todo pulmón.

Pasaron veintisiete años, y aun recuerdo mi primera vez en el Estadio Centenario. No llevé mi camiseta, era la única que tenía, mira si se rompe o algo, pensaba. En el camino mi hermano me compró un gorro de Nacional, blanco con la palabra bolso en el frente, y una trenza de lana, de tres colores, rojo, azul y blanco.

Había muchas personas cerca del estadio, mi hermano cuidaba de que no me empujaran, al llegar a la entrada de la colombes, él se enfureció al tener que separarse de mí.

En su mente, yo era una niña, que tenía que entrar junto con él, y no hacer la fila con las demás mujeres, ni que hablar cuando la oficial policial me registró.

“Es una niña, no la toques”

Por suerte nada sucedió, y la oficial, solo ignoro los gritos de mi hermano.

Lo esperé en la entrada, hasta que al fin llegó a mí, me tomó de la mano y caminamos por el túnel. Avanzamos un poco, y pude ver el pasto, era hermoso, era real, estaba en el estadio, viendo a Nacional.

Los cánticos del público me hacían erizar la piel, había banderas muy largas, que caían desde la última tribuna hasta la primera.

Los jugadores todavía no habían salido a la cancha, fuimos cerca de una de estas banderas, mi hermano me dijo que la sostenga, y yo saltaba y gritaba, e intentaba aprender lo que los demás hinchas cantaban.

Y de pronto un estallido, fuegos artificiales, rollos de papel que volaban desde lo más alto hasta caer al suelo. Salía Nacional a la cancha, ahí estaban mis jugadores, corriendo en dirección a la colombes para saludar a la hinchada.

Yo no sabía las canciones, apenas llegaba a sostener la bandera, pero los conocía a ellos, conocía a mi cuadro, y al fin en el minuto andá a saber cuándo, porque después de tantos años no recuerdo, pude al fin gritar Gol con la hinchada.

Ha habido mucha violencia unida a las hinchadas, con mi historia quería mostrar el otro lado del futbol, más allá de la camiseta, de los colores, del fanatismo. Debería haber respeto entre nosotros, y que la rivalidad se dispute en la cancha detrás de una pelota y no en las gradas.

Al final del día siempre va a haber un mejor amigo, amiga, familiar, compañero de clase, de trabajo, que ame los colores contrarios a los tuyos. Y los jugadores se irán a sus casas, en algún momento cambiarán de cuadro, y dejarán atrás, con cariño tal vez, su paso por el club. La vida sigue, pasión, amor, locura por tu cuadro, pero jamás violencia.

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Rita Chirino

1 Comentario

  1. Una gran cronica de Paola nuestra poeta futbolera …fana de Nacional de Uruguay

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