Parece que fue ayer, cuando irrumpiste inesperadamente en éste mundo. Tenías tanta ansiedad, que te adelantaste 20 días, y eras tan chiquito que, estirado y todo, mi antebrazo te quedaba enorme; y en la cuna, había que fijar la vista un buen rato para encontrarte. Eso si, gritabas como un vikingo a puntar de conquistar nuevas tierras.

Mamá YA ERA MAMÁ, siempre lo fué, yo tuve que encontrarme a mí, para poder encontrarme con vos; pero cuando eso sucedió…chocaron los planetas. No me separé nunca más, ni cuando me pasaba todo el día trabajando; vos estabas siempre ahí, acompañando, sosteniéndome, dándome fuerzas para poder soportar la realidad, a veces tan extraña.

Cuando me iba, aún de noche, me consolaba pensar que a la vuelta me ibas a estar esperando con esa sonrisa inabarcable, para jugar, descubrir reinos perdidos, crear enemigos inverosímiles y resucitar especies extintas, apostar en las riñas de dinosaurios y tripular dragones amistosos.

La Placita Escondida que te enseñó mamá fue, por mucho tiempo, tu lugar en el mundo: ahí conociste a tus primeros amigos, le sacabas chispas al “pata pata” que te había regalado el abuelo, trepabas árboles como un mono, te escondías como un convicto y jugabas a la pelota hasta que los pies te suplicaban piedad.

A la noche, inventaba historias imposibles, hasta que te quedabas dormido; ese era mi mejor ansiolítico para lograr un descanso reparador.

Cuando empezaste a ir al Jardín, la única forma de despertarte era una conspiración secreta para llegar a la cocina, sin que mamá nos escuchara, y asustarla como si fueras un fantasma.

Si encontraba algo que sabía que te gustaba, en la juguetería o en el kiosco, no me daban las piernas para llegar a casa; pero por un acto de puro egoísmo: no había mayor regalo para mi, que verte la carita cuando abrías el tuyo.

 

Por fortuna, creo que te transmitimos lo importante de evitar el consumismo extremo, y tal vez por eso, nunca tuviste la compulsión de pedir todo lo que veías en la tele o lo que tenían tus compañeritos.

Y encima, la única vez que deseaste algo con tanta necesidad, que hasta se lo pediste a Papá Noel, no te lo pudimos dar…un hermanito!!!.

Pero como sabes que hicimos hasta lo imposible, lo aceptaste y lo asumiste con una madurez ejemplar. Y la vida te compensó con los Hermanos y Hermanas que elegís diariamente…

El tiempo pasó, sin pedir permiso, traicionero como un asesino que te clava un puñal por la espalda…y un día te fui a despertar, pero pesabas demasiado para hacerte upa, y emitías sonidos ininteligibles, pero ya no con tu dulce voz de querubín, sino con unos graves rasposos y guturales que, por un momento me generaron un instante de inquietud, por no comprender del todo quien era el que me hablaba.

Y tu mano, ya no entraba en la palma de la mía, y las pavadas que te provocaban carcajadas, empezaron a avergonzarte, tanto como que intentara abrazarte frente a tus amigos, y como ley natural, empezaste a preferir no estar con nosotros, ni mirar películas de superhéroes, y a no contarnos casi nada. Es lógico, es sano…pero te confieso que no estaba preparado.

Es un duelo por una pérdida de aquel niño que ya no sos, y un intento por adaptarme al adolescente que sí.

Y estás forjando tu personalidad, lejos de la idealización hacia nosotros, y cerca de TUS ideales y deseos. Y por un tiempo, tal vez años, vas a prescindir de nuestra sombra, como cuando aprendiste a andar en bici, o a nadar en el mar.

Pero tené la plena seguridad de que te voy a estar esperando, ya no para volar en dragones, pero sí para hacer todo lo posible para que seas feliz…muy feliz, y para que me sigas enseñando a ser el mejor papá que pueda.

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