El acto de VER implica el hecho básico de fijar la vista en un objeto o persona, sin mayor registro ni posibilidad de afección en nuestro pensamiento ni en nuestras emociones. Conocer mediante el sentido de la vista. En cambio, MIRAR implica dirigir conscientemente la mirada. Dirigir la vista hacia un algo o alguien.

Para mirar y focalizar la atención, previamente debemos haberlo visto, atravesar el tamiz del acto sensitivo. Podemos ver la tele, pero una película la miramos. Podemos ver pasar un auto, pero para saber de qué marca o modelo es, debemos mirarlo. En la intencionalidad radica una de las grandes diferencias entre ambos actos.

Fuera de todo tecnicismo y definiciones académicas, ¿qué ocurre realmente cuando vemos algo que no queremos mirar, cuando actuamos como autómatas; cuando alienados discurrimos nuestra cotidianeidad como caballos con anteojeras, para no mirar más allá de lo que podemos ver?

¿Qué pasa cuando una mamá que quizás no ingirió nada sólido durante horas, vestida con prendas donadas, que no son de su talla y llevan varios días sin cambiar, y mucho menos lavar; con su bebé en brazos, llorando a moco tendido, o dormido por el agotamiento y el hambre, y con el pañal a punto de explotar,  recorre infatigablemente los vagones de un tren intentando vender algo que probablemente nadie necesite, pero que la mayoría podría comprar, o cuanto menos, podría colaborar simbólicamente con monedas o un billete de $20?

 

 

A cambio de eso, recibe indiferencia y desprecio. Ni siquiera una mirada contemplativa, ni una sonrisa piadosa. La mano no recibe la estampita de un San Cayetano que ya no trabaja porque ya no hay puestos para repartir entre sus feligreses, pone un límite virtual en el espacio para no tener contacto con ese objeto sucio y manoseado. Ni pensar en mirar a esas personas que gritan a través de los ojos, porque ya no tienen voz, ni lágrimas para derramar.

Ahora sí, las miradas buscan complicidad, se multiplican a la espera de un comentario de un tenor inclasificable: “seguro que la criatura ni es de ella, los entregan los padres para dar lástima”; “se embarazan para cobrar el plan y no laburar”. Muchos de ésos portavoces del odio son un escalón menos pobres que la causante de semejante indignación.

 

 

¿Qué ve el conductor de un auto que se detiene en un semáforo en rojo y es abordado por un limpiavidrios, que ante la negativa de dejarlo cumplir con su trabajo, a cambio de una colaboración, no fija la mirada en ese sujeto y como producto de un reflejo condicionado, mueve su cabeza de izquierda a derecha evitando toda posibilidad de “sacarse de encima” esas monedas que hacen pogo desde hace meses, detrás de la palanca de cambios; algunas ya perdieron vigencia: “no bajo la ventanilla porque si no me afana”, “por qué no se buscan un laburo de verdad y se dejan de joder”, “¿no ve que ya tengo el vidrio limpio? me lo va a ensuciar”.

Cuando una mujer con 3, 4 y hasta 5 hijxs, toca el timbre de una vivienda a la espera de que la atiendan, también espera que, no solamente una voz fastidiosa detrás de una puerta los repela como si fueran cucarachas, o con la amenaza latente de convocar a las fuerzas del orden; ruega hasta la indignación para que, en la parte baja del cochecito, haya al menos un paquete de polenta para la noche, cuando lleguen al “castillo de naipes”.

 

 

Los ejemplos se multiplican tanto como las necesidades y como las diferentes maneras de desprecio. Los sucesivos experimentos neoliberales desde la última dictadura no sólo fueron exitosos para quienes los promovieron en pos de su único beneficio y no en busca de un bien mayoritario, multiplicando el hambre y la pobreza; sino que lograron generar un sentido común que redunda en desprecio y prejuicios entre los propios integrantes de un mismo estrato social, echando nafta al fuego de la guerra más absurda e injusta de todas… la de pobres contra pobres.

Un sentido común unidireccional, que obliga a VER hacia adelante solamente,  y que impide MIRAR hacia los costados.

 

 

VALYA TUPPERWARE

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