Luego de participar en un concurso literario, me invitaron a formar parte de un intercambio cultural entre escritores argentinos y cubanos a realizarse en Cuba. Era octubre de 2014. Yo nunca había salido del país, así que pedí información a algunos conocidos que ya habían estado en ese país. Lo primero que me dijeron fue “Llevá papel higiénico”. Podía ser una exageración pero por las dudas preparé varios rollos.

Cuando salimos del aeropuerto el primer indicio de que estaba en un país extranjero fueron las palmeras, que se repitieron a lo largo de toda mi estadía. Primero nos hospedamos en el hotel Santa Clara Libre. Este hotel, color verde agua, fue uno de los escenarios de la batalla de Santa Clara en diciembre de 1958, con el enfrentamiento de tropas encabezadas por el comandante Ernesto “Che” Guevara contra fuerzas de Fulgencio Batista. En la fachada aún quedan las marcas de los impactos de bala.

Por suerte, mis conocidos se habían equivocado, en el hotel si había papel higiénico. Sin embargo, una de las noches en Santa Clara, después de varios días probando platos típicos caracterizados por los porotos negros y el arroz que lo acompañaban prácticamente todo, con unos compañeros fuimos a una pizzería sencilla en las cercanías del hotel. En un momento le pedimos a la camarera servilletas, la chica se sonrió. “¿Qué cosa?” preguntó, repetimos “servilletas” y creyendo que quizás usaban otro nombre, le mostramos las manos brillantes de aceite y pedimos papel para limpiarnos. Parecía que la sorpresa era que estuviéramos pidiendo algo tan extravagante como servilletas. No había. Nos limpiamos la boca con el dorso de la mano y salimos todos aceitosos.

Otras de las cosas que me habían dicho eran que algunas mujeres se acercaban a pedir maquillajes porque no tenían mucho acceso a ellos y que la comunicación era muy complicada porque internet era muy caro y lento. Ambas cosas se cumplieron a rajatabla.

Conocí varios lugares, Varadero, La Habana Vieja, Cienfuegos, Trinidad, Cayo Las Brujas, Cayo Blanco, Hanabanilla, entre otros. Ya no recuerdo exactamente donde sucedió, pero en un supermercado donde no había muchas cosas, (en ningún lado había muchas cosas, las vidrieras de las tiendas estaban casi vacías,) la cajera me preguntó si vendía ropa. Más tarde la coordinadora del grupo me aclararía que en realidad estaba pidiéndome que le vendiera mi ropa.

Algunas personas nos contaban, que si bien en Cuba tenían de los mejores médicos del mundo, cuando iban a la farmacia no había medicamentos. Vi algunas farmacias y doy fe de que las estanterías no tenían casi nada.

A las excursiones íbamos en autos, algo así como remises. Recuerdo tener un poco de miedo y al conductor tranquilizándome. Los autos, al ser modelos tan viejos, hacían demasiado ruido como si fueran a mucha velocidad y estuvieran a punto de desintegrarse. También nos contaba cómo ellos mismos los arreglaban con lo que podían.

El mercado negro de habanos.

En La Habana había lugares por donde daba miedo caminar y uno prefería cruzarse de vereda ya que muchos edificios están al borde del derrumbe. En una de esas caminatas, se acercó un muchacho, con la historia de que solo una vez al mes o algo así, podían vender habanos al público y a buen precio. Creídos de que nos estaba guiando a algún tipo de feria, caí junto a un compañero en el cuento, y nos vimos de pronto, subiendo por una escalera muy angosta y oscura y entrando en una casa con varios cubanos ofreciéndonos todo tipo de cajas de habanos. Creímos que nos iban a robar y huimos lo más rápido posible. Luego nos enteramos que era un ardid típico. La delincuencia no era algo común allí y no debíamos tener miedo.

Se nos habló mucho de la diferencia en el acceso a determinados lugares para turistas y cubanos y de cómo los que trabajaban en el rubro turístico eran los que tenían acceso a cosas que otros no, gracias al contacto con extranjeros.

Es difícil explicar en pocas palabras todas las cosas vividas en un viaje y menos a un país como Cuba con toda la importancia de su historia. Me explayaría en el agua de mar tibia y cristalina, en la gente amable y simpática, en los platos riquísimos, en la cantidad de jóvenes haciendo ejercicio en las terrazas, en los sentimientos que me generó entrar al Mausoleo del Che, en cómo tomé clases aceleradas de salsa para encontrarme con la sorpresa de que la canción que sonaba en todos partes en ese momento, era “Mi historia entre tus dedos” de Gianluca Grignani.

Si bien fue mi primer viaje, supe inmediatamente que no quiero ser la típica turista. Yo quiero conocer al pueblo, saber cómo vive la gente común y adentrarme en su cultura.

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