Existen dos letras consonantes que, en un ámbito determinado, tienen un peso enorme. Que con sólo mencionarlas no sólo se sabe a qué refiere, sino todo lo que significa. Esas dos letras consonantes son las iniciales de un nombre que le pertenece a un hombre que ya se convirtió en leyenda, y que puede disfrutar de ella en vida, manteniendo todo aquello que supo cosechar en sus años dorados. Ese hombre fue el que le dio la gloria y puso en el mapa mundial a una ciudad del estado de Illinois, Estados Unidos. Principalmente en el mapa deportivo mundial.

Esa ciudad, que no pasaba de ser un bello destino turístico, una ciudad pintoresca, pasó a ser el epicentro del deporte que se juega con una pelota naranja durante las dos mitades de las décadas del 80 y 90. Todo aquel que esté de paseo por el país de las barras y las estrellas tomaba en cuenta, dentro de su itinerario, el Schedule de la National Basketball Association, o mejor dicho, el de un equipo en particular de esa liga, para coordinar tanto hospedaje, salidas y, principalmente, tickets. Aquellos que viajaban a los Estados Unidos debían coordinar bien su agenda para poder dedicarle unos días, o unas horas, a pasar por Chicago para ver a los Bulls; aunque en realidad, era para verlo a él. Al hombre de las iniciales imponentes.

Ese hombre también fue un niño. Ese niño encontró en el básquet una manera de divertirse y abrirse paso en la vida, aun cuando a temprana edad no contaba con las condiciones como para destacar en su equipo de la escuela, a tal punto de que su entrenador del equipo de básquetbol (porque también jugó al béisbol y al fútbol americano) de la Emsley A. Laney High School (de Wilmington, Carolina del Norte) lo separó del equipo en su segundo año por estar subdesarrollado físicamente para los 1,80 metros de estatura que tenía con 16 años. Luego de aumentar 10 centímetros y entrenar de manera ardua de ahí en más, comenzó a construir, ladrillo por ladrillo, su esplendida carrera.

Luego de su etapa en el colegio secundario, se enfocó en el básquet de lleno y, gracias a una beca deportiva, se incorporó a la Universidad de North Carolina como estudiante-atleta. Allí fue poniendo su nombre en los principales lugares del baloncesto universitario. Fue novato del año y campeón de la NCAA convirtiendo el doble ganador en su primer año (1982) y estuvo en las más altas consideraciones en los dos años siguientes hasta que, momentáneamente, dejó sus estudios (que luego retomaría para graduarse en el 86) para ser el pick 3 del Draft de 1984 en la NBA, elegido por Chicago Bulls, y comenzar su carrera profesional.

Crédito: Dany Boyle

Sus primeros años fueron de transición entre el nivel universitario y el profesionalismo, pero en los que puso su nombre en las tapas de las revistas y en los zócalos de los noticieros deportivos por su calidad y forma de juego. Fue elegido como el Novato del Año en su primera temporada, pero se perdió gran parte de la segunda por una lesión. Pudo llegar a la postemporada y le plantó cara a una de las grandes figuras de la NBA a finales de la década del 80, Larry Bird. El hombre de las enormes consonantes le metió 63 puntos pintándole la cara a la leyenda de los Boston Celtics, a lo que este exclamó: “He visto a Dios disfrazado de jugador de básquet”. Sin embargo, no pudo vencer al equipo verde.
En los años siguientes, continuó batiendo récords en la liga deportiva más importante del mundo de modo individual. MVP y Mejor Defensor de la temporada 87/88, se estableció como una estrella en la NBA, pero unos Chicos Malos no le permitieron consagrarse en esos últimos años de los 80, negándole la posibilidad de un campeonato a nuestro hombre de las iniciales imponentes. Pero el cambio de década también cambió su historia.
Los 90 tuvieron a esas consonantes, a esas iniciales, o mejor dicho, a ese nombre, en lo más alto. Gracias a ese nombre, la liga profesional de básquet de Estados Unidos se convirtió en una marca global, reconocida en todos y cada uno de los rincones del globo terráqueo, y que hizo que (como dijimos antes) mucha gente viaje a Estados Unidos sólo para verlo a él. Y él lo supo siempre.

Gracias a que fue rodeándose de laderos que lo acompañaran en lo que su nivel necesitaba, el hombre de las iniciales consiguió lo que le faltaba, salir campeón. Y cómo será que, una vez que probó el gusto de levantar un trofeo, lo hizo dos veces más. Su juego enamoró a todos los que, intencionalmente o de casualidad, posaron sus ojos en él cuando tomaba la pelota. Fue amo y señor de la liga, dominándola casi en su totalidad. Había alcanzado la cima y se mantuvo en ella. Era venerado en su tierra y el resto del mundo.

Si bien participó en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 y se colgó la medalla de oro, integró y lideró el Equipo de Ensueño en el Preolímpico de Portland y los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, donde terminó de embelesar a esa parte del mundo que aún no lo había visto. Dominó abrumadoramente en los dos torneos sin perder en ningún encuentro y acrecentó, aun más, la grandeza de sus iniciales.

Hasta que, un día, dejó de sentir esas cosquillas en la panza cada vez que pisaba el parquet. Ya lo venía meditando durante poco más de un año, pero el hecho de que su padre fuera sido asesinado influyó mucho en que el hombre de las iniciales intimidantes cuelgue las zapatillas el 6 de octubre de 1993. Pero hizo algo que mantuvo su nombre en boca de todos, fue a jugar al béisbol de las Ligas Mayores. Si bien su nivel no era bueno para la más alta categoría (y bajó a las ligas menores a un equipo filial), entrenó con la misma dedicación que lo hacía en su época de basquetbolista. Por supuesto que causó mucha repercusión, ya que el Dios del Baloncesto dejó los cortos, el parquet, la canasta y la naranja número 7 para pasar a un diamante en un jardín, tomar un bate e intentar conectar una bola que le quedaría como un limoncito en sus grandes manos. Todo por cumplir la promesa que le había hecho a su padre James. Fueron dos años en los que el hombre de las grandes consonantes se dedicó al béisbol con todo de sí, pero un día llegó un comunicado de prensa que sólo decía “I’m back”.

Y volvió, el 18 de marzo de 1995, con otro dorsal pero con la misma magia y presencia. En la temporada 95/96, luego de prepararse de manera infernal y que los Toros de Chicago sumaran a uno de los Chicos Malos que tantos dolores de cabeza les dio, el hombre de las consonantes imponentes reclamó su trono y fue llamado como “Air Highness (su Aérea Majestad)”, acortado simplemente como “Airness”.

En este segundo tramo de su carrera, dominó completamente la NBA, aun cuando se enfrentaba ante otras leyendas, alcanzó un récord de victorias que tomó más de 20 años en ser superado y mostró una madurez que hizo que los momentos decisivos pasen por sus manos. Así fue que volvió a salir campeón, y así fue que volvió a ser tricampeón. Y así fue, también, que volvió a colgar las zapatillas el 13 de enero de 1999, despidiendo a la década, al siglo y al milenio que quedaron marcados por sus imponentes iniciales, esas dos grandes consonantes.

Crédito: Nick Olguín

Pero el cambio de milenio le hizo volver a ponerse los cortos y atarse las zapatillas, que hacía más de 10 años que eran -literalmente- suyas. Esta vez no fue Chicago, sino la capital del país, Washington D.C. Primero fue como un directivo de Washington Wizards, donde tuvo decisiones un tanto polémicas y algunas malas. Pero la que no fue mala fue aquella de preparar el terreno para volver a jugar, aun cuando había declarado que “había un 99,9%” de que no lo hiciera.

Inició la temporada 2001/2002 y, aunque su físico no era el mismo y las lesiones lo tuvieron bastante tiempo fuera de las canchas, su nombre siguió teniendo la misma presencia que en el siglo anterior, y le permitió a muchos padres el poder mostrarle su más grande héroe en acción a sus hijos, a una nueva generación. Aunque no fue una constante, supo tener juegos como los de su mejor época, aun frente a las nuevas estrellas que habían llegado a la liga entre 1997 y 2002, y su última temporada sirvió para que todas ya cada una de las franquicias le regale una gran despedida. El 16 de abril de 2003 tuvo su verdadero último partido en Filadelfia, donde le dedicaron poco más de tres minutos de ovación continua tras sus últimos puntos a los 40 años.

Todo el mundo sabe a quién aluden esas fuertes consonantes, esas intimidantes iniciales, incluso hoy entre mucha gente que ni siquiera lo vio jugar. Tal vez sea por la peli en la que participó, tal vez sea por su mítica línea de zapatillas de la marca de la “pipa”, quizás porque los raperos, trapperos y reggaetoneros lo nombran en sus canciones, o porque la plataforma de series y películas on demand más grande del mundo tiene en su catálogo una serie que cuenta parte de su historia. Todos sabemos que esas fuertes consonantes son la M y la J, y que refieren a las iniciales de Michael Jordan.

 

 

EL TOTE – PIZZAS & EMPANADAS

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