Hace unos años atrás trabajaba en una empresa de viajes y turismo, en el sector de atención al público.

Éramos varios empleados, amigos entre todos, salíamos el último sábado de cada mes juntos a un bar, compartimos risas y anécdotas.

Pero el contador de la empresa se negaba a salir con nosotros.

Quizá era demasiado serio y no compartía nuestro sentido del humor.

Con mis amigas hablábamos de él a menudo. Porque era muy lindo, joven, de nuestra edad, pero parecía ofuscado siempre. Una vez, en chiste, le dije a mis compañeros de trabajo que un día le robaría un beso.

Como cada 10 del mes, subí a su oficina a buscar mi sueldo y cumplir con los requisitos legales.

Como siempre, lo encontré sentado en su escritorio, serio, con pocas ganas de hablar. Y recordé ese chiste y pensé que ese sería el día perfecto.

Al terminar con el papeleo, observé que no tenía anillo de matrimonio y le pregunte –¿tienes novia?– fue la primera vez que se sonrió desde que lo conocía y me contestó –NO ¿por qué?–

–¡¡Qué bueno!!– le dije –Si querés, podes venir con nosotros a la noche a un bar–.

Y me lance sobre su escritorio para mojar su boca con un suave beso.

Para mi sorpresa ¡tenía sentimientos! y me propuso algo más íntimo.

Acepte de inmediato. El encuentro fue esa misma tarde, cuando nuestro horario laboral finalizó.

Nos encontramos en un bar, tomamos unos tragos.

Yo estaba muy nerviosa. Él seguía muy serio, pero dos horas después salíamos juntos de su departamento.

Nos habíamos encontrado desnudos en su cama, con muchas ganas de tener sexo.

A partir de ese día, nuestros encuentros fueron cada vez más seguidos, semanales y diarios.

 

 

Éramos amantes, fogosos, ardientes.

Cuando estábamos juntos perdíamos la razón, nos embriagamos de placer, nos dominaba el instinto.

Una de las noches fogosas que tuvimos juntos, nos habíamos prometido que si uno de los dos se casaba, era el otro quien debería buscarlo para pasar juntos la última noche de soltero.

Fuimos amantes durante tres años, hasta que conocí a Lucas, y me enamoré de él y le fui fiel.

Luego renuncié a mi trabajo de vendedora de viajes y comencé a trabajar como secretaria en un estudio jurídico.

Después de dos años de relación Lucas me pidió matrimonio. Lo hizo de manera pública, se puso de rodillas con el anillo en mano delante de una multitud, en un teatro. Al finalizar la obra, los actores comienzan a “actuar” un pedido de matrimonio. Yo no entendía nada. Y cuando miro a Lucas para que me explique lo que pasaba lo veo… arrodillado a mi lado con el anillo en su mano.

El teatro en su totalidad aplaudía, silbaba, gritaba y yo lloraba de emoción.

Y mi ex amante se enteró de esa noche en el teatro, de mi compromiso y mi posterior boda con Lucas.

Me escribió un mensaje a mi celular, que me recordaba aquella promesa. Mi corazón se aceleró, esbocé una sonrisa pícara, recordé nuestros encuentros del pasado pero no conteste el mensaje.

Pensé mucho aquella propuesta, no quería caer nuevamente en sus manos, eran demasiado placenteras para mí y sabía que no podía resistirme.

Había jurado fidelidad, pero con él nuevamente en mi vida, no podía cumplirla.

Mis amigas me organizaron una fiesta de despedida de soltera al extremo divertida.

Reunidas, todas vestidas de negro, me esperaron. Me entregaron una bicicleta, y entre varias quitaron mi ropa y me vistieron con prendas muy sexis.

La propuesta era pasear por la ciudad en bicicleta.

Como en un juego de “postas” me entregaban tarjetas con mensajes divertidos que contenían pistas o retos a cumplir, por ejemplo, en una de esas decía que debía ir a un bar, recitarle el verso escrito en la tarjeta a la chica que estaba en la barra y ella me entregaría algo, al llegar al lugar y cumplir mi reto, se me entregó una peluca y un porrón de cerveza. Continué mi recorrido en bicicleta por la ciudad, pasando pruebas alocadas, actividades y juegos tan divertidos como inteligentemente planeados.

Fue una noche donde todo estuvo pensado y organizado a la perfección, la música, la diversión, la decoración, todo excelente, estuvieron hasta en los más pequeños detalles, ¡¡¡fue una noche inolvidable!!!

La noche planeada terminaba bailando sobre la barra de un bar, para ganar tragos para mis amigas.

Y en eso estaba cuando lo vi entrar…

Serio. Como siempre, mirando hacia la barra.

Cruzamos miradas y mi cuerpo se detuvo. Baje, con ayuda de un chico que miraba en primera fila. Y fui a su encuentro.

Estaba muy borracha y súper divertida eso me hizo abrazarlo con alegría como a un amigo.

–Te casas– escuché a pesar de la música ensordecedora del lugar.

–¡¡¡SIII, estoy súper feliz!!!– Gritaba mientras saltaba sin dejar de abrazarlo, intentando disimular mi nerviosismo.

–Vine a sellar nuestro trato– me dijo, serio. Sabía que eso era lo que más me gustaba de él.

Tenía que hacerlo, tenía que sellar nuestro trato y terminar esta historia.

Y me fui con él esa noche.

Sabíamos que esa era nuestra última noche juntos. Estábamos muy nerviosos, mi borrachera divertida nos hizo olvidar algunas cosas y nos cruzamos en un beso, estábamos en llamas en su auto.

Nuestros cuerpos se extrañaban, se reconocían, se quemaban de pasión al estar juntos.

Encendió el auto, comenzó a manejar y sentí un impulso imparable, no podía esperar mas, comencé a practicarle sexo oral. Él sólo tiró su cabeza hacia atrás y exhaló placer.

Condujo unos metros y estacionó su auto.

La tensión sexual entre nosotros era tal que no pudimos esperar a llegar al hotel.

Metió sus manos por debajo de mi ropa y, al sentir sus manos, mi cuerpo se erizó por completo.

Reclinó por completo el asiento del auto, mientras yo trepaba sobre él y, sin separar nuestros cuerpos, nos unimos en un único gemido.

Nos habíamos extrañado mucho.

Bastaron unos pocos minutos para fundirnos el uno con el otro.

Explotamos de placer juntos. –Ahora sí, vamos al hotel– le dije.

Muerta de risa. Volví a mi asiento y acomodé la poca ropa que mis amigas habían diseñado para mí esa noche.

Fuimos al hotel.

 

 

Estábamos tan nerviosos. Casi como la primera vez.

Tomamos una copa de vino. Hablamos un poco, nos besamos mucho, nos tocamos aún más.

La tensión sexual aún existía entre nosotros, pero sabíamos que mientras yo estuviera casada, no volveríamos a vernos.

Yo debía ducharme, no podía volver a estar entre sus brazos en las condiciones en las que me encontraba.

Besó cada centímetro de mi cuerpo bajo el agua de la ducha, lavó mi cabello y enjabonó mi cuerpo.

Luego en el jacuzzi, sentados uno al lado del otro, acariciándonos, relajando nuestros cuerpos, lo miro y veo nuevamente su seriedad.

Me dio ternura y, sonriendo pícara, subo a sus piernas y comienzo a moverme suavemente.

Y moviéndome muy despacio le decía al oído.

–Me vas a recordar– y me movía lento.

–Vas a recordar mis besos– y me movía lento.

–Vas a recordar mi olor– y seguía moviéndome lento.

–Vas a recordar mi cuerpo– y continuaba lento.

–Vas a recordar mi boca– y bailaba sobre él, lento, muy lento.

–Vas a recordar mi voz en tu oído– y seguí mi baile sobre él.

–Vas a querer volver a verme– y me movía.

–Vas a recordar mis manos acariciándote– y lo tocaba.

Fue un baile muy sensual, muy sexual, de una hora. Nuestra última hora juntos.

Pero, no fue la última. Tiempo después con Lucas no funcionó y nos separamos.

Con el contador nos seguimos viendo.

 

 

LA CICCIOLINA – LENCERÍA Y SEX SHOP

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