En Avenida Warnes 2389, La Paternal, funcionaba el Centro Boado Garrigos, un hogar donde solamente están en pie áreas administrativas y de mantenimiento, pero que, en sus años de esplendor, albergó niñas huérfanas de las cuales se desconoce el destino.

Es un predio imponente, emplazado en un pulmón conocido como “La Isla”, con edificaciones añejas pero solidas, con galerías y ascensores, mucho verde y espacios recreativos. Está a pocas cuadras de la estación Paternal, el predio de la facultad de Agronomía y Veterinaria, y del Hospital Alvear, que prácticamente lo rodean.

Una de las calles donde se apoya es Avenida de los Constituyentes, frente a un parque, donde funciona un hipermercado sobre el cementerio del implosionado Albergue Warnes. En esa pared interminable, la calle se transforma en escuela improvisada de manejo, circuito obligado para “runners”; y como un signo de los tiempos, la escena disruptiva de un asentamiento de viviendas con una precariedad inhumana.

Se aferran, con dientes y uñas, al piso y al muro con maderas, chapas, cartones y plásticos que no están a la altura de ninguna tormenta; pero gozan del “privilegio” de contar con luz y agua potable que les provee el Hogar.

De una de esas ranchaditas emerge el cuerpo largo y encorvado de Pedro, que vive con su pareja y su perra Manchita. De infaltable gorra y sonrisa amable, con un pierna que le pide permiso a la otra para caminar, y de pocas palabras, pero necesarias.

Aunque no se lo proponga, su rostro irradia bondad, a pesar de toda la maldad y la indiferencia soportadas de un sistema que, por acción u omisión, no le permite formar parte de una sociedad que, en el mejor de los casos lo asiste; y en el peor, lo considera un mal necesario, o una lógica de la falta de esfuerzo y pericia.

Esta curtido, arrugado, de tanto empuñar el carrito bajo el sol, que lo sigue hasta en la sombra; y de tantas noches de pena, cuando intenta hablar con un dios que no lo atiende: “yo me porto bien, siempre me porté bien, pero Él no se porto bien conmigo. No se por qué no me escucha. Las palabras laceran y se hunden como puñal en el pecho.
Los ojos que miran sin ver, no dejan caer las lagrimas que piden a gritos desplomarse contra el piso. Aún no perdió la fe en dios, pero en algún punto, intuye que la relación no es simétrica.

Alguien que perdió todo, aún conserva una dignidad inquebrantable, que lo enaltece constantemente y la pone en práctica pidiendo y aceptando solo lo necesario, dejando lo que no considere urgente, para alguien aún mas apremiado.

Hace poco tiempo, a instancias de sortear burocracias, consiguió recuperar su identidad a partir de la obtención de su DNI; lo cual le permite percibir una jubilación que, sumada a lo que ingresa por su trabajo y a la caridad ajena, cubra las necesidades básicas en cuanto a alimentación y ropa.

Hasta podría darse el lujo de fantasear con alquilarse una pieza, y tachar uno de los tanto motivos de sufrimiento. Pero en ninguna aceptan mascotas, y Pedro jamás abandonaría a “su hija”. A pesar de todo, se aferra al sueño, tal vez el único que tenga, con la misma fuerza con la que empuña el carro.

Paradojas del destino, cargadas de un cinismo insoportable, determinaron que gente sin hogar, sobrevivan apoyadas en la pared de un hogar sin gente.

 

LA MEJOR ROTISERÍA DE MERLO, SAN LUIS

6 Comentarios

  1. Tenes la maravillosa capacidad de generar profunda emoción en quien te lee.Gracias x compartir tan poderosas vivencias.

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