La vida es eso que va pasando mientras armamos planes y proyectos, una rutina diaria que no nos permite salir por un instante del juego, tomar perspectiva, mirar por arriba del laberinto y disfrutar a pleno.

Hoy, mi recorrido hace un pequeño alto, un respiro de la locura cotidiana para mirar un poquito para atrás, sonreír y tal vez contener el húmedo de los ojos.

Apenas amanece cuando escribo estas líneas, el silencio sólo es mechado con los pájaros que le cantan al sol y a los recuerdos.

Mis dos hijos, varones y del Millo, siempre me emocionaron desde que los tuve en brazos por primera vez. Los dos nacieron prematuros, ansiosos por ver qué pasaba por estos lares.

Maxi, el mayor, estuvo en neonatología sólo unas horas por precaución, a la noche lo trajeron a la habitación lleno de pelos y sonrisas dulces.

Facu, el menor, trajo las primeras zozobras. Tenía el cordón alrededor del cuello, parecía cesárea pero no, la pericia de los médicos la evito. Bien de peso pero muy agitado, otra vez a neo y a rezar preocupados.

Acostadito en su camita, con una carpita de oxígeno, la incertidumbre nos invadió. Sólo yo entraba cada tres dos horas y me quedaba mirándolo, trataba de darle mi aliento, mi oxígeno. De a poquito, mejoraban los niveles de respiración pero pasaban las horas. Ya la madre pudo visitarlo también, un día después.

Alrededor de Facu, las camitas tenían pequeños bebes de la mitad de su tamaño, uno pesaba un kilo y medio y salió adelante. Pasaron los días, lentamente, como un reloj de arena en cámara lenta, y finalmente salió de alta y lo pudimos abrazar y besar.

Cuando nacen los hijos, uno se da cuenta que el mundo ya no es propio, personal, el juego de la vida cambia y se pone hermoso, uno sufre y goza con ellos, más que ellos quizás, los dolores y las fiebres son más altas para los padres y madres.

Dos recuerdos quiero contar, dos que me invaden y salen de mi cabeza como bocanadas de alegría.

 

MAGALÍ BARRAGÁN – OJOTAS Y SANDALIAS

 

Fiesta de Egresados de Maxi

La secundaria tocaba las ultimas estrofas de un recital bello, todos los egresados del quinto año del Comercial 30 estaban allí, las chicas de largo, los chicos desprolijamente elegantes.

Subían al escenario para recibir el diploma a medida que los nombraban. Los chicos sentados adelante, los padres atrás.

Maxi, con jean, camisa negra y zapatillas negras, un prodigio de sobriedad.

Cuando lo nombran, levanta su metro noventa y camina rápido al escenario, es tímido pero simpático, los aplausos resuenan como en cada caso.

Recibe el diploma de manos de su profe favorita y nos mira para la foto y la filmación. Momento mágico donde uno se pregunta cómo pasaron ya diecisiete años de este barbudo sonriente.

Un rato mas y el suspenso invade la populosa sala, se van a conocer los mejores compañeros de cada quinto.

Llega el instante único, el conductor del evento nombra a mi hijo, que sonríe sorprendido, él no lo esperaba, sus compañeros si.

Recibe el nuevo diploma en el escenario con la ovación de todos, se escucha “grande Maxi”, como un grito de gol en el minuto final.

En ese segundo, todo se detiene alrededor. Con el pecho inflado, pienso que estuvimos bien, que los valores inculcados sirven, que las charlas de todo ayudan a comprender la vida de los otros y ayudar cuando es necesario, como un mandato familiar. Mi viejo me lo enseño a mi, yo debo hacerlo con mis hijos.

Uno entiende que ese premio es un pase a la vida, a ser mejor persona, a mirar alrededor y ver dónde podemos aplicar la ayuda solidaria.

Uno se llena de orgullo pensando “es tan bueno…”. Y todos lo ven así, lo que da doble emoción.

Facu Abanderado

Corría su séptimo grado en la escuela “Rosales”. Llegamos temprano, un poco nerviosos, un poco ansiosos.

Llevaba puesto su guardapolvo impecable, pantalón, buzo y zapatillas. Jopo peinado y sin los lentes por coqueto.

Antes del acto, le colocan la banda cruzada celeste y blanca que sirve para mantener a cuarenta y cinco grados el pesado mástil de nuestra enseña nacional.

Un poco de práctica previa para que no se caiga de las manos, el mayor temor que tenemos todos los que pasamos por esa situación.

Se para duro, rígido, expectante. Yo lo voy a filmar y me hace señas que no, sonrío. Me imagino a Diego en México ‘86 recibiendo el pase del Negro Enrique, parando la pelota bajo la suela de su zurda mágica y diciendo “muchachos, no me filmen que voy a hacer el gol más importante de la historia, por favor sin cámaras”. Vuelvo a sonreír.

Se escuchan las palabras mágicas. “Hace su entrada la bandera de ceremonias”. Y Facu va, a paso firme con sus dos escoltas a los costados.

Vuelve el reloj de arena y la cámara lenta, uno vuelve a pensar qué lindo que es ser padre de un gran muchacho, con corazón valiente y aplicación al estudio.

Con su celular siempre en la mano y los auriculares en sus oídos, su vida pasa por allí en ese momento, amigos, pelota, cumples y risas, sólo risas sin conflictos ni preocupaciones.

 

Corte Final

La vida es eso que pasa mientras hacemos planes, pero a menudo, la vida es estos momentos únicos irrepetibles.

Un río que te lleva a puertos increíbles, a veces placenteros, a veces hostiles.

Una montaña rusa de emociones que sube y baja sin parar. Nacimientos, bautismos, cumples, fiestas, viajes de egresados, campeonatos de fútbol y básquet, partidos matutinos los sábados o domingos, anginas, fiebre, boliches, alguna borrachera, peleas y abrazos.

Ya vendrán las novias, esposas, nietos, y por qué no, bisnietos.

La vida es así, un ciclo hermoso con grandes alegrías y pocas penas; dolorosas, pero pocas.

No hay final para esta nota, todo sigue y se recicla por los siglos de los siglos.

Amén.

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