Solemos usar la expresión “se alinearon los planetas” para referirnos a que todos los factores intervinientes en un evento se dieron en el mismo momento. Con los astros, esto puede tardar milenios en darse, es por eso que la expresión se utiliza ante situaciones que quizás no se vuelvan a repetir, o simplemente para exagerar.

En el deporte, específicamente en el básquet, fuimos testigos de ese alineamiento de planetas. Ese alineamiento de cuerpos celestes (y blancos) logró, incluso, apagar al Sol. Y dos veces.

Pudimos disfrutar de ese alineamiento  en los primeros años del nuevo milenio. Unos cuantos pibes venían dando que hablar por sus apariciones en la selección argentina de básquet a fines de los ’90, ocupando los lugares de grandes glorias que aun estaban en actividad y buena forma; algo así como que, en la misma época, no hayan convocado a Batistuta para que el joven Crespo sea titular en Francia ’98. Esos pibes se habían establecido como jugadores importantes en nuestra Liga Nacional de Básquet, nuestra primera, y sólo algunos de ellos habían alcanzado la mayoría de edad.

Como todos recordamos, ese nuevo milenio nos sacudió a los argentinos desde el 19 de diciembre de 2001 con la explosión de esa bomba de tiempo compuesta por las políticas del Menemato y las soluciones de Domingo Cavallo, y con la mecha llamada Alianza que fue algo corta. Un par de años antes, el éxodo de una gran masa de argentinos hacia las tierras de sus abuelos los incluyó a ellos, que por ascendencia y/o portación de apellido tuvieron un poco más accesible el arribo a Europa, al básquet de Europa, gracias al lindo revuelo que causaron Jean-Marc Bosman e Ígor Simuténkov para aplicar una de las políticas de la Unión Europea al deporte profesional. Acá se aceleró el movimiento de los cuerpos celestes (y blancos).

Ya en el viejo continente, estos pibes fueron aprehendiendo y ejecutando todo lo que vieron de compañeros y rivales, los mejores jugadores del baloncesto internacional y alguna que otra leyenda. Si bien muchos otros jóvenes que siguieron su mismo camino, éstos lo hicieron mejor y más rápido y se convirtieron en campeones y las máximas figuras de los equipos que los habían acogido hacía poco menos de dos años. España e Italia se rindieron ante el talento, desfachatez y entrega de estos pibes, nuestros cuerpos celestes (y blancos). Los planetas ya se empezaron a alinear.

Un equipo de básquet está compuesto por 12 jugadores y sólo pueden permanecer 5 en cancha, esos 5 ocupan una posición especifica y un rol en particular (o por lo menos hace 20 años atrás, ahora esos roles no necesariamente están atados a las posiciones). Podríamos decir que 12 planetas (Sánchez, Ginóbili, Montecchia, Oberto, Victoriano, Fernández, Sconochini, Scola, Gutiérrez, Nocioni, Palladino y Wolkowyski), cada uno con una ubicación específica y un efecto astral bien marcado, comenzaron a moverse en una órbita -dirigida por el entrenador Magnano- que afectó a todo el universo, literalmente.

El primer avistamiento del alineamiento planetario fue durante el 2001 en Neuquén, en el estadio Ruca Che, en el contexto del torneo Pre Mundial FIBA Americas. Toda la gente que estuvo en el estadio y todos aquellos que lo vieron pon ESPN fueron testigos de algo único, un recital excelso de baloncesto que pasó por la música clásica, la samba, el jazz y hasta el rock poguero. Ni siquiera Estados Unidos sirvió como banda soporte de esta orquesta, y si bien los yankees mandaron a chicos de universidad, serviría de muestra para el gran eclipse que este alineamiento de cuerpos celestes (y blancos) provocaría el año siguiente. Argentina salió campeona invicta, floreándose, deleitando a los presentes y televidentes con su calidad y sumando, de apoco, más adeptos al deporte de la pelota naranja.

Crédito: Olé

 

EL GRAN ECLIPSE

Para el argentino futbolero, el 2002 es un año muy doloroso, nefasto, por la actuación del equipo de Bielsa en Corea-Japón. Pero para todo el deporte mundial, ese año fue un cambio de época, porque una alineación de cuerpos celestes (y blancos) tapó al gran Sol que abraza, abrasa, arrasa y aterra. O por lo menos lo hizo hasta ese año.

El Conseco Fieldhouse de Indianápolis fue el gran observatorio, como si recibiera señales del satélite Hubble, donde se pudo divisar el gran movimiento de los astros celestes (y blancos) hasta lograr el gran eclipse. Argentina, así como lo hizo en Neuquén, pasó por arriba a todos y cada uno de las selecciones que se les puso enfrente -ahora a nivel internacional- floreándose, deleitando a los presentes y televidentes con su calidad, y ahora, sorprendiendo al mundo y cambiando el movimiento del universo.

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Llegó el local, el cuco, el imbatible, Goliat, el Dream Team, los NBA, Estados Unidos. Esa selección que tenía 10 años de invicto, 10 años sin nadie que siquiera le haga sombra. Hasta ese miércoles 4 de septiembre de 2002.

Iniciado el partido, esos pibes -ahora jóvenes adultos- quitaron de su mente el estar enfrentándose a aquellas súper estrellas que miraban por televisión, de las que alguno que otro tenía un poster. Salieron a comerles los talones, con una actitud que sorprendió a todo el mundo, a propios y extraños. Como Oscar Bonavena a Cassius Clay, Argentina conectó todos los golpes que envió a Estados Unidos; y esta vez, a diferencia que Ringo, estos pibes si noquearon. Y lo hicieron de la misma forma que lo venían haciendo: floreándose, deleitando a los presentes y televidentes con su calidad, y esta vez, cambiando al mundo y cambiando el color del universo tras apagar al sol. Y como dato curioso, unos cuantos se lamentaron el no haber apostado la deuda externa, esa misma que obligó a estos jóvenes adultos (y a muchos otros argentinos) a irse del país.

 

Luego vino Brasil en semis, y así como vino se fue. Y llegó Yugoslavia en la final, otro monstruo mundial con un planeta que a nuestra alineación de cuerpos celestes (y blancos) le faltaba, Experiencia. Argentina se floreó durante 35 minutos, pero en los últimos 5 (y los otros 5 de alargue) hubo tal turbulencia en la órbita que desalineo esa formación casi milagrosa. Nuestros jóvenes adultos sufrieron el famoso “miedo a ganar”, y los experimentados yugoslavos tomaron esa chance para levantar la copa. Esa fue la mayor lección que estos muchachos aprendieron. Esa turbulencia en el sistema solar fue la que metió a la Experiencia en la órbita.

Dos años después, el planeta Experiencia se había alineado con el resto del sistema. Nuestros jóvenes adultos ya eran un poco más adultos y habían subido todos de nivel, incluso hubo cambios de piezas que ayudaron a que el nivel colectivo también suba. Salieron dos cuerpos celestes (y blancos) y los reemplazaron dos que ayudaron a soportar todas las turbulencias que el cosmos le pudiera lanzar a esta renovada alineación de planetas.

Pero se cuenta en la próxima entrega.

 

 

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