Un conjunto de islas y un trecho pequeño del lado continental, se unen por dos puentes y forman Florianópolis. yo había buscado un hostel cercano a la terminal de micros para los primeros días y poder así, llegar caminando. Me decidí por uno que queda del lado del continente a unas quince o veinte cuadras. Según Google Maps era muy sencillo llegar, solo cruzar uno de los puentes y, ahí nomás, casi debajo, lo encontraría.

El viaje había sido bastante llevadero, ya que a mi lado viajaba una chica muy simpática con la que pronto entablamos conversación. Cruzar hacia la isla fue mágico.

Las bahías de uno y otro lado del micro, las montañas en el fondo, algunas más difuminadas por la lejanía, las casas recostadas contra las faldas de los morros con las nubes encima, el agua ondulando y los pájaros invitando a la libertad me parecieron de cuento.

El viaje de veinticinco horas y media se retrasó y en vez de llegar a las once de la mañana llegué a las tres de la tarde.

Intercambiamos teléfonos con la chica del micro y nos despedimos con una fuerte abrazo como si fuéramos amigas de toda la vida.

Una mochila y un bolso «futura mamá» chiquito era todo mi equipaje. Estaba dispuesta a caminar esos casi dos kilómetros que me separaban del hostel, pero al salir de la terminal choqué con la cuidad y la realidad. Saqué mi celular y traté de ubicarme en el mapa.

El cemento del puente que acababa de cruzar en micro, la curva veloz que dibujaba la autopista, los enormes espacios verdes entre medio, los edificios que crecían por todos lados, las decenas de autos que se movían por la calle y tener que caminar en subida me apabullaron y me sentí chiquitita.

El puente de metal por el que yo debía pasar, cruzaba el agua y se metía en la cuidad como una puñalada. Sabía que si caminaba derecho hacia él quedaría por debajo y tendría que (sin conocer el lugar, con hambre, con los bolsos pequeños pero pesados y el cansancio de dormir entrecortado y sentada) buscar por dónde subir. Muy en contra de mis convicciones decidí tomar un taxi, «Hoy por ser el primer día nomás, mañana me pongo en modo ahorro otra vez».

Lo que me había imaginado: el taxista cruzó el puente y, justo antes de llegar al hostel, comenzó a dar vueltas y vueltas, a pasar más de una vez por el mismo lugar. Yo tenía los ojos clavados en el relojito mientras mi cerebro pasaba reales a pesos. Decidí bajarme.

La ciudad está llena de montañas, cerros, crestas, lomadas, es decir subidas y bajadas constantes. Caminé, di vueltas, subí y bajé hasta que di con el inicio del puente (en este caso para mí sería el final porque ya había cruzado con el taxi a la parte del continente). Justo al lado había autos estacionados. Me acerqué a un «trapito» o cuidacoches bastante desalineado con el que cruzamos miradas casualmente). Le pregunté por el hostel y me indicó la dirección a seguir.

Eran alrededor de las tres de la tarde, estaba nublado pero faltaba mucho para el anochecer, no podía ser tan peligroso bajar por un camino poco convencional de tierra, entre árboles y matorrales hacia una avenida.

Bajé por ese camino haciendo equilibrio. Porque entre los bolsos, el cansancio y lo empinado del recorrido, si caía iba a rodar hasta la avenida y solo me iba a detener cuando un auto me pasara por encima y me dejara como tortilla.

Una vez que estuve sana y salva a ras del suelo, me dirigí hacia donde el cuidacoches me había dicho. Era una calle medio de tierra que nacía casi en una de las patas enormes que sostenían el puente, de fondo se veía el agua de mar que divide la isla del continente, unas casillas de madera descolorida y unos hombres que hablaban junto a un bote. Parecía una de esas zonas fabriles donde no hay casas, y sí mucho paredón  de fábrica, vehículos estacionados y casi nada de gente.

Por una parte mi sentido de alerta se disparó  y me dijo que saliera de allí. Por otro lado, me imaginaba al cuidacoches allá arriba, observándome por entre ramas, riéndose de mí, de mis miedos y dudas.

Volví hacia la avenida y caminé unos minutos viendo el agua de mar. Me dolían los hombros, las tiras del bolso querían cortarme el brazo. Me crucé con un muchacho con ropa deportiva que paseaba junto con un perrito. Le pregunté por el hostel y señaló el mismo lugar. Esta vez seguí por el camino de tierra y los paredones.

¡Ay los prejuicios que uno trae encima! ¡Por qué este chico medio más confianza? ¿Por qué estaba mejor vestido que el cuidacoches? ¿Por tener un mejor aspecto?.

Llegué al hostel. Los paredones resultaron ser de un predio de la Marina de Brasil, de un restaurante que me daba la espalda y yo no había visto su fachada, y los hombres de las casillas eran solo pescadores con ropas humildes.

Tiempo después supe que a ellos se les puede comprar pescado fresco y barato por la mañana.

1 Comentario

  1. Recuperamos a Xoa nuestra mejor cronista …Bienvenida otra vez a L3M !!!

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