POR MARINA MENDEZ

Siempre tratando de mantener la compostura, incluso a las 3 de la mañana de mis días under. Bien peda, sin suéter, creyéndome la más fancy. Y alguien me dice: «¿una niña de casa qué hace en estas calles?»

Mi vaso siempre lleno porque siempre sale, si es que salgo, es decir. Se me pasó la hora, pero solo por dos días, no es tanto; la vida es una y la depresión cabrona. No hubo desayuno, no hubo comida, la cena no cuenta. Me suena el celular después de cargarlo cinco minutos y encontrar el wifi gratis de la ciudad; mensajes que comprueban la confianza de mi madre en mi criterio prudente, equivalen a la culpa por los compromisos fallados, los valores ausentes. Tratando de mantener la compostura y volver a casa el lunes. No tengo ni que contar la diferencia de los paisajes; una mirada medicada y una adulta joven desequilibrada. Ya amaneció de nuevo…

Y sabes por qué es difícil confesarlo, porque a alguien como yo no se le permite el arrabal y la cachondería. Ni siquiera yo de lunes a viernes me lo permito. Ya no sé si es por ser mujer, por ser la consentida, por ser la que siempre debe caer bien. O quizá por los pocos privilegios que, gracias a dios, mis abuelos y mis padres, tengo. Clasismo, sexismo, machismo y otros tantos. De eso va lo que te digo, aunque nunca lo hago. Porquería…

Y así se mira desde donde veo, un límite entre lo posible, lo real y los sueños. ¿A quién le cuesta más decirlo?, ¿Quién se da cuenta?, ¿Quién se atreve a sentirlo? Apenas hoy me he atrevido. No es orgullo, no es propósito, es consecuencia.

Dos o tres veces al año vuelvo a enfrentar la pérdida, ¿de qué, quién y cuándo?, dios lo sabrá y se guarda el secreto.

Alguien me ha contado que el dolor no se hace menos; crece, te llena y te convierte. De alguna manera te haces fuerte. Pero yo no tengo derecho a sentirlo, al menos no este, que aprovecho también para recordar todos los demás.

Después de las noches escondidas: cajetillas, amigos desechables, pleitos de esquina y baños de cantina, tomo mi abrigo de piel falsa (este no lo quiero perder), y ando el camino hacia la seguridad de siempre: mi casa, mi familia, los perros que me esperan. Voy fingiendo la frente en alto, mirada al cielo. Es el truco para contener el llanto, y también es el perdón que les pido a los santos.

 

 

 

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Rita Chirino

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