El perro ladra hacia afuera. Ema presta atención. No hay nada. Son las dos de la tarde y el verano cumple su rol a rajatabla.

— ¿A qué le ladrás tanto? —le pregunta mientras se arrima a la puerta.

Ema puso cortinas oscuras en las ventanas abiertas para evitar el calor. No corre ni una sola gota de aire. Cómo le gustaría tener una piscina. Al menos una Pelopincho. Piensa en darse un baño fresco y un frío eléctrico le recorre el cuerpo como si hiciera cable a tierra.

El perro tiene las orejas hacia adelante y arruga el hocico. Ema mira el patio vacío y presiente que hay algo. Enseguida va a la cocina y saca de la alacena un paquete de sal. Desde la puerta tira un puñado como quien alimenta palomas. Se agacha y acaricia al animal tratando de calmarlo. El lomo del perro comienza a relajar los pelos crispados, pero ahora es ella quien siente la piel erizarse.

 

 

Ema escucha el chiflo del afilador de tijeras que pasa en bicicleta por la vereda. El perro levanta las orejas, se mantiene alerta. El sonido no es como el silbato de los churreros ni de los que venden rosquitas. Este sonido a Ema le hace acordar a las chicharras. Ya no hay tantas como cuando era chica. Ese es el sonido del verano. Como el aroma del café con leche es el olor del invierno. Vuelve a sonar el chiflo y ella piensa en las chicharras, en los veranos con su abuela, en el inmenso jardín de su casa de infancia. Y de repente recuerda la pileta que había en su casa. Cómo lo había olvidado. Era muy chica. El perro gruñe y Ema siente esa electricidad otra vez, pero esta vez se queda vibrándole en el cuerpo.

Mamá le había enseñado a protegerse de la envidia, la mala suerte y cualquier cosa que pudiera hacerle daño. “Tenés que poner una ruda hembra y una macho en la puerta de tu casa”. “Para hacer limpieza de hogar prendé palo santo”. Ema había seguido al pie de la letra cada consejo. Pero no siempre había sido así. Cuando era chiquita había sido bastante revoltosa y su madre luchaba para que hiciera caso. Que bajá de ahí, que dejá eso, que sentate como señorita o vení a dormir la siesta.

Siempre le habían parecido aburridas las siestas. Los recuerdos de su infancia son muchos aunque algo borrosos o inconclusos. Sin embargo, en ese momento, en que siente la sangre correr rápida y fría, comienza a recordar un día en particular. Un día en esa pileta que había olvidado. Cada escena se hace más nítida y el estómago se le endurece como si toda la sangre de su cuerpo se hubiese acumulado allí. Mamá trabaja muy temprano en la fábrica, todos los días duerme la siesta y la obliga a dormir junto a ella para quedarse tranquila. Pero Ema, la de cinco años, no tiene sueño. Ella busca dibujos y formas en las manchas de humedad del techo, tararea canciones y juega con una cinta bebé roja que mamá le ató en la muñeca.

Afuera el sol achicharra las flores. Las membranas plateadas de los techos se ablandan y las remeras colgadas del ténder parecen de cartón. Hoy con más de treinta años todavía busca rostros en las pilas de ropa sobre la silla, en los garabatos de la madera del placar, en la cortina de la ducha. El perro va y viene nervioso. Ema trata de distraerse pero no puede evitar ese peso sobre los hombros, como si alguien le clavara la mirada en la nuca. El chiflo del afilador suena ya muy lejos. Ema moja un trapo con vinagre para fregar el piso, como hacía mamá para eliminar las malas vibras. Pero la sensación en el cuerpo es más fuerte.

Ema niña baja de la cama en puntitas de pie, se da vuelta y ve que mamá está profundamente dormida. Cruza el comedor y la cocina, sale al patio y se mete en la pileta. No va a darse chapuzones ni zambullidas para no despertarla. Se mete al agua sin salpicar ni hacer ruido y se acuesta boca arriba. Flota con los brazos abiertos. El agua está tibia y siente su presión en los oídos. No hay viento. El sol quema la calle de tierra y los álamos de la vereda. Las chicharras chillan entre las ramas de los árboles con un chirrido estirado y largo y que se repite como un eco.

Ema tiembla en la cocina. El vinagre le arde en los pellejitos de las uñas. Los sonidos del verano se afianzan. Se escuchan martillazos de alguna construcción lejana. El canto de los pájaros se mezcla con el canto de la calle transitada. Y Ema está ahí, en ese verano, en esa hora de la siesta, en esa pileta, flotando con los ojos cerrados, jugando con el sol que pinta manchones rojos por dentro de sus parpados. Tiene las tetitas y las rodillas sobre el nivel del agua, secas y tostándose. Y el ombligo lleno de agua y pelusa. Mueve los dedos del pie. Siente el olor del cloro. La bombacha de Kitty Cowboy mojada se amolda a las formitas de sus carnes. De pronto se hunde en el agua, y en un instante está en el aire, con los pies pataleando, con unos dedos en su boca. Los mechones mojados de pelo se le meten en los ojos. La pileta se aleja, la casa se achica, la voz se le apaga.

 

 

El perro ladra en la cocina, muestra los dientes. Ema llora, se tira sal, se vuelca vinagre encima pero no logra evitar que esa presencia se acerque. Lo siente en el aire, en la ira inexplicable de su perro. Ese recuerdo que la acecha hace tiempo salta el tejido, atraviesa el patio en plena siesta, cruza entre las sábanas colgadas en la soga, la alcanza, la atrapa y se le mete dentro sin que pueda hacer nada.

Ema, como un cachorrito atacado, busca en cuatro patas su bombachita. Tiene las rodillas doloridas y el pelo revuelto. Escarba entre los yuyos con sus deditos temblorosos. Los mosquitos huyen, las chicharras cantan y ella ve su bombachita enganchada en una rama de la ligustrina del fondo. Se la pone rápido. Sus piernitas descarnadas abandonan los arbustos. El sol chapotea en la pileta. Le duele. Le duelen todas sus partes. Se agarra con las dos manos ahí abajo y corre, corre como cuando no aguanta las ganas de hacer pichí, pero mamá dice que eso queda feo, y se suelta, y no sabe qué hacer con sus manitos y las sacude en el aire mientras corre a casa. Las sábanas se atraviesan en su camino con un aroma azul de suavizante. Pisa una ortiga y no se da cuenta. Entra a la casa, apretando los labios por el dolor y para aguantar el llanto.

 

 

Porque se las va aguantar. Como aquella vez que mamá le dijo que no se colgara del tejido y ella fue igual y un alambre le arañó la pierna, o como aquella vez que le dijo que no jugara con el cúter y ella lo agarró a escondidas y se hizo tremendo tajo en el dedo. Se sube a la cama con los pies sucios, y se queda mordiéndose los labios, mirando el techo, buscando caritas en las manchas de humedad para distraerse de la angustia y el dolor, porque se las va a aguantar, se las va a aguantar para que mamá no se dé cuenta que se levantó de la siesta.

 

 

IN-SAT – INTERIOR DIVINO

2 Comentarios

  1. Es imposible no meterse adentro de la historia. Es opresivo e inquietante. Una maravilla….

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