Recuerdo uno de los mágicos momentos de mi niñez, ir con mis viejos en el auto a cambiar revistas a la esquina de la calle Avellaneda, a una cuadra de la Iglesia de la Candelaria.

Me encantaba leer revistas, pilas y pilas de ellas que me compraban y yo luego, una vez por semana, las canjeaba en ese local de alrededor de cien metros cuadrados de color e ilusión.

Llevaba mis historietas nacionales de Larguirucho, Isidoro, Hijitus, Patoruzú y también las importadas del Pato Donald, Mickey, Tío Rico, Pluto.

Era canje dos por uno, o bien uno por uno y un pequeño costo para la época.

Como leía mucho, generalmente manteníamos el stock y lo incrementaba mi Papá los viernes, que me compraba dos o tres en los kioscos del Centro.

Mi mejor regalo eran las revistas. No me interesaba el chocolate, los alfajores, el Topolino o los chocolatines Jack; tampoco las gomitas o los chicles Bazooka.

Mis dos amores: leer y jugar a la pelota en la Plaza Banderín hasta que las sombras nos mandaban a casa.

El revistero, así llamábamos al local de canje, tenía estanterías divididas por secciones. Mucho olor a humedad y a papel con tinta, imborrable para mi.

Cientos de aventuras y emociones muy ordenadas, con un dueño muy prolijo y quisquilloso. Una vez se me cayo una pila mal acomodada y me miro intimidante.

Generalmente, íbamos los sábados a la mañana y, durante el fin de semana, podía llegar a observar más de cien ejemplares con un placer infinito.

La preadolescencia fue llegando junto a los “asaltos”, la “botellita”, “verdad o consecuencia”, y los lentos a un metro de distancia de la mas linda de séptimo grado.

También vinieron a mi vida los Cómics: Batman, Linterna Verde, Flash y Superman eran mis favoritos, en ese orden. Me acuerdo que los calcaba en un cartón, los pintaba y jugaba con ellos batallas imaginarias.

La secundaria transcurrió entre Humor, El Gráfico y Goles y algún libro de aventuras de Sandokan, Huckleberry Finn, Oliver Twist y un Rayuela de Cortázar.

Pasan los años, el interés va girando y aparecen lecturas políticas y sociales acerca del negro nubarrón de la dictadura y Malvinas. Acompañados de Clarín, Página 12, El Porteño, Revista 23 y los libros impresionantes y maravillosos del maestro Osvaldo Soriano.

Luego llegarían Olé y Mística los sábados, con la hermosa tapa de Palermo disfrazado de mujer con peluca platinada.

Las pasiones se heredan, mi Biblioteca es más grande que la de mi viejo y mi hijo de veinte ya reclama espacio para libros sin parar.

Leer es viajar, pensar, volar, amar, soñar, entender y disfrutar.

Es un trampolín hacia la imaginación más rotunda y concreta, construir -como en el Fornite- una casa vidriada y luminosa.

La vida se vive a pleno, lo sé, pero poder lograr un oasis en medio de los terremotos cotidianos es mi forma placentera de gozarla.

 

ABROJITO – MINIMERCADO BANANA

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