Por María Carolina González Granara | @carogonza80

 

Me enteré de una infidelidad de mi pareja.

Paso a contarles como fue.

El mejor amigo estaba festejando su soltería, en el grupo de amigos realizan una especie de ritual que consiste en visitar bares durante cuatro noches seguidas en busca de conquistas de una noche que ayuden a transitar su soltería. El soltero y su grupo de amigos deben conquistar mujeres por una noche y tener sexo con ellas.

Yo desconocía por completo este “ritual” de machos.

En una de esas noches, salieron a un bar muy conocido de la ciudad. Noche de amigos y tragos. Eso me dijo. Yo le creí.

 

 

Esa noche, mi pareja volvió más tarde de lo que acostumbraba hacerlo, casi sin alcohol encima, lo que me hizo dudar. Además de evitar el cruce de miradas.

Al sospechar obviamente, comencé con un interrogatorio camuflado en preocupación.

Empecé diciéndole que para mí también era difícil esta situación y que entendía todo lo que había pasado, sin tener idea de lo que había hecho en realidad.

Sin saber qué contestarme, se duchó, y se acostó a mi lado. Abrazándome en silencio.

A la mañana siguiente me despertó con el desayuno en la cama, algo que nunca había hecho hasta el momento. Ese acto me hizo estremecer, su culpa era total si sus disculpas eran esas.

Y mientras tomábamos el café en la cama, comenzó a contarme sobre esa noche.

Me contó que estaban todos bastante ebrios y sus amigos empezaron a arengar. La mayoría de ellos habían tenido suerte esa noche y se escabullían entre la muchedumbre con sus conquistas, y mi pareja solo “se dejó llevar” por la situación.

 

 

Me contó, además, que la moza que los atendió era muy linda, que le sonreía cada vez que lo miraba y cayó en la tentación.

–¿Hasta dónde llegaste?– le pregunté.

Y me relató todo lo sucedido esa noche.

Le pedí detalles.

Le dije, además, que si me hacía lo mismo a mí, quizá lo perdonaría.

Y así fue.

Me contó que a la hora de cierre del bar, invitó a la moza a su auto, y que ambos se practicaron sexo oral.

Me contó, también, cómo la chica lo beso muy delicadamente pasando el ápice de su lengua por sus labios, introduciendo la lengua en su boca y jugando en ella, recorriéndola.

Me contó, además, cómo metió sus manos por debajo de la ropa y acaricio sus pechos turgentes, jóvenes y tibios.

Me dijo, después, que se acomodaron en la parte trasera del auto.

 

 

Yo estaba muy atenta escuchando con detalles su confesión y mientras me imaginaba la escena me excitaba.

Me confesó que estaban tan excitados que quitó su ropa por completo.

Al terminar la confesión yo ya mordía mis labios y quería vivir ese momento.

Le pedí que hiciera conmigo, lo mismo que le había hecho a ella esa noche y así lo hizo, me hizo estallar de placer en la parte trasera de un auto.

Lo perdoné.

Lo que aún no sabe mi pareja es que yo conocí antes a esa chica. La conocí un sábado a la noche, en ese mismo bar.

Hace unos meses atrás, habíamos discutido con él y les pedí a mis amigas que saliéramos a tomar un trago para olvidar penas.

Ella nos atendió esa noche.

Había poca gente en el bar. Tomamos mucho, bailamos hasta el amanecer y al momento de retirarnos del lugar pido el último trago de la noche y cuando la moza se acerca para servirlo no pude evitar decirle lo hermosa que era y para mi sorpresa me contestó “vos también” guiñando un ojo.

 

 

Supe inmediatamente que mi noche no terminaba aún y la espere.

Cuando su turno terminó, fuimos hasta su casa en el auto de mi marido. Vivía aún con sus padres, quienes estaban desayunando cuando llegamos.

Como nadie sospecha de dos mujeres, saludamos a ambos y entramos en su habitación.

Estábamos las dos nerviosas.

Estuve toda la noche mirándola así que, cuando la tuve entre mis brazos, disfruté cada centímetro de su joven cuerpo.

 

 

Bese su abdomen y su pelvis. Su sabor era delicioso, adictivo.

Ella acarició mi cuerpo por completo. Me tocó. Me besó.

Fue un fugaz encuentro… de mucho fuego, aunque dulce y suave.

Entrelazamos los cuerpos, las piernas, los brazos, las lenguas y las manos… compartimos nuestra desnudez. Nos dimos placer.

Antes de retirarme de su cuarto pedí su número telefónico. Salude a sus papás como una amiga más y me fui.

Cuando llegué a mi casa encontré una nota que decía: “Gor me fui a jugar al fútbol”.

Nunca se lo conté…

 

 

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