Muchas, y complejas, son las etapas que nos tocan atravesar a lo largo de la vida.

Y si hablamos de la relación padres / hijos, la situación se complica más aún.

El idilio de la infancia, nuestros héroes protectores, la pelea por la autoridad en la adolescencia; el sostén, nuestro pilar y piedra fundamental durante la juventud y el proceso de formación de nuestras propias familias, o vida independiente.

Quienes hemos tenido la maravillosa suerte de contar con padres amorosos, responsables y presentes, a pesar de que tenemos una idea de lo que sucederá con el transcurso de los años, nunca estamos preparados para ocupar el lugar que nos toca inevitablemente, cuando éstos envejecen.

Lo vemos en sus ojos, una particular añoranza los vuelve mucho más sensibles y vulnerables a nuestra presencia, y aún más, a nuestra ausencia.

Aún aquellos que han sido esquivos a las demostraciones de cariño en su juventud.

Notamos una cierta impotencia desde el lugar que acostumbraban a ocupar:

– “¿Mamá, cómo era esa receta?

– Me voy a fijar si la tengo anotada por ahí…

– ¿Papá, me das una mano con esto?”

Años atrás , las proporciones caían en catarata, ni tiempo a buscar lápiz y papel…

Y los brazos que nos sostenían en el esfuerzo quizás eran mas potentes que los nuestros, a fuerza de trabajo e historia.

Los vemos desesperados por ayudar en situaciones en las que el cuerpo ya no los acompaña, y luego en silencio, cayendo en cuenta de su propia incapacidad que no corresponde a las ganas con las que aún cuentan.¿Pero, qué sucede con nosotros?

Pues, nos comenzamos a sentir huérfanos, desamparados, aún teniendo la suerte de tenerlos a nuestro lado, comenzando a ocupar el lugar que antes era suyo.

Y nos vemos reflejados en esa condición, trasladando los sucesos y las situaciones a nosotros y nuestros propios hijos (de tenerlos), caemos en cuenta de la finitud de la vida, de forma casi dramática.

La angustia.

Angustia proviene de “angosto”, y es quizás el término perfecto para describir cómo percibimos la idea y la procesa nuestro cuerpo:

Difícil de digerir.

Cuánto más ha afectado esta situación pandémica, de alejamiento, y casi prohibición (a conciencia) del contacto físico, tan necesario en esta etapa de transformaciones definitivas.

Cuánto mas notoria su lenta pero persistente decadencia física, y mental, más aún si algún tema neurológico los acecha.

Sin duda es nuestro momento de tomar las riendas de la relación, y ofrecerles mínimamente (porque jamás será suficiente) la atención que hemos recibido a lo largo de nuestra existencia.

Ser pacientes, receptivos, amables con sus nuevas aptitudes, sin dejar de respetar sus elecciones.

Y por qué no, prepararnos para cuando llegue nuestro turno, en el mejor de los casos, después de todo, envejecer también es un privilegio.

Difícil, no imposible.

Sólo se trata de bien amar.

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