Por: Mónica Alejandra Lehmann

La sexualidad, como camino de desarrollo del ser humano, es un proceso que implica tanto lo biológico, el deseo, el placer, el psiquismo y lo sociocultural, donde cada cultura establece -mediante el discurso y las prácticas “permitidas”- las formas de lo sexual. Así, el sistema actual determina lo que es correcto y lo que no en materia de sexualidad, lo que está permitido y lo que es visto como “fuera de lo normal”.

 

 

Más allá del concepto exclusivo de la homosexualidad, que pasó de ser una enfermedad mental a principios del siglo pasado a aceptarse como una manera más de relacionarse con otro (no sin luchas, intervenciones, conflictos y acuerdos-desacuerdos de por medio), el tema que hoy nos atañe es acerca del rol de lo masculino en el campo de la sexualidad, de lo “activo” impuesto a los hombres y lo “pasivo” a las mujeres en el modelo patriarcal actual; entendiendo esta actividad-pasividad no sólo en términos de coito, sino en todo lo que atañe a la sexualidad del ser humano: su manera de actuar en el mundo, su creatividad, la forma de enfrentar los conflictos, el discurso y la forma en que se relaciona con lo familiar y lo social, la manera en que ve su propio cuerpo, sus ideales, expectativas, etc. Todo esto que hoy se ve atravesado por un concepto patriarcal de “quién actúa y quién es receptivo”, también atraviesa la manera de relacionarnos con el otro.

 

 

En el sistema imperante actual, existen dos sexos (determinados por la biología: pene/vagina), dos corporalidades (macho/hembra), dos géneros (masculino/femenino) y un sólo deseo compulsivo hacia el sexo opuesto (heterosexual), determinando socialmente una heterosexualidad obligatoria como condición para su sostenimiento, donde la identidad de género se subordina a lo biológico/social establecido. Si alguien es hombre/macho, debe desear a una mujer/hembra de modo activo; y si alguien es mujer/hembra debe desear a un hombre/macho de modo pasivo.

 

 

Estas representaciones sociales hegemónicas de la sexualidad están atravesadas por mandatos, prohibiciones y lo que se espera social y culturalmente para cada género. En este sentido, el comportamiento sexual del hombre está demarcado por el imperativo de ser el “macho”, demostrar hombría, poder y dominio, siendo la sexualidad masculina el punto hegemónico del poder del patriarcado reinante.

 

 

Pero, ¿realmente un hombre tiene el control y el poder sobre su sexualidad, su manera de actuar en el mundo, su humanidad, en este contexto? ¿O esta forma de plantear la sexualidad masculina es una forma de control social que al ser tomada como regla general es introyectada en el psiquismo social como algo natural?

Esto nos lleva a preguntarnos dónde queda lo emocional, los sentimientos, el amor, el dejarse llevar, el posicionarse en una actitud pasiva y receptiva que nada tenga que ver con el acto sexual, el coito, donde el falocentrismo determina la única manera de generar placer en un encuentro sexual.

 

 

Nos preguntamos si este sistema patriarcal y capitalista, que ha puesto al hombre en un rol activo y de poder, no es más que la forma más elaborada de control social sobre el cuerpo de lo masculino, haciéndolo productivo y dominantemente funcional al sistema y dejando las emociones y los sentimientos al plano de lo pasivo, lo débil, lo que debe ser “ocultado”, dando lugar a un masculino herido, desenraizado, ciego por el objetivo, que no contempla a su polaridad femenina.

 

 

¿Es realmente esto libertad?

El amor, el placer no sólo sexual sino sensual, el dejarse amar y compartirse como un ser completo donde lo emocional juega un rol fundamental y trascendente en la forma de relacionarnos con otro no debería ser una cuestión de género, no debería ser una cuestión de “tener el control-perder el control”, sino que deberíamos asumir que somos seres con un cuerpo que llama al amor, que necesita ser acariciado y mimado, que siente, que sufre, que llora, que fantasea, que vive… independientemente de si somos biológicamente hombres o mujeres, e independientemente de nuestra identidad sexual.

 

 

Tal vez debamos empezar a aceptar que el amor es cosa del alma, y que ésta es libre y no tiene sexo.

“Sólo el amor conduce a la acción correcta. Lo que trae orden al mundo es el amor y dejar que el amor haga lo que quiera”, Krishnamurti

 

 

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3 Comentarios

  1. Hay tabúes impuestos por todos lados sexuales, económicos, y sociales… solo hay que agarrar una espada samurái y darle al medio de los que menos nos gusten… jajaja. Saludos.

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