Cuenta la leyenda venezolana que quienes transitaban pasada la medianoche por la calle “La Candelaria“, en la población aragüeña de La Victoria, entraban en una suerte de letargo. Perdían la noción del tiempo y el lugar, para ingresar en un laberinto misterioso y peligroso.

Pasar por el frente de la casa Amarilla en el sector de la Plaza Ribas era hacerse presa fácil del encantamiento que se apoderaba de los transeúntes quienes amanecían dando cientos de vueltas alrededor del mismo lugar.

Esto le sucedió a Luis Vicente Guevara, un joven de la capital que se accidentó en su paso por dicha localidad, sin sospechar el horror que esa noche viviría.

Una falla en su automóvil le obligó a entrar a la “ciudad de la juventud” llamada así debido a que en ella tuvo lugar una de las Batallas de la Independencia en la que participaron muchos jóvenes junto al General José Félix Ribas, en el año 1814.

Guevara nunca escuchó hablar sobre el asunto, por lo que no reparó en ubicar el vehículo frente a la Casa Amarilla. Caminó para buscar ayuda, sin percatarse del extraño fenómeno que estaba por apoderarse de él.

El reloj marcaba la medianoche… su andar se hizo lento, era como si algo no lo dejara avanzar. Así pasaron las horas hasta el amanecer, se sentía perdido y cansado.

Sin entender comenzó a gritar para pedir ayuda, pero nadie lo escuchó.

Tanto gritó que se desmayó en la banca de la plaza. Allí fue encontrado por un vendedor de empanadas que acostumbraba a ofrecer su producto en dichas adyacencias.

Guevara no entendió lo sucedido. Solo recuerda haber caminado por horas sin poder salir por ninguna de las calles laterales. Era como si un aro magnético le hubiese atrapado. No fue visto ni escuchado por nadie hasta que salió el Sol.

Despavorido remedió la avería de su carro saliendo a toda velocidad de allí.

Dicen que esto sucedió, porque en ese recinto ahorcaron a un brujo, y aunque muchos aseguran que el hechizo se acabó cuando quitaron la baranda hecha de cañones y fusiles de la guerra, el miedo siguió intacto…

“Todos necesitamos a nuestros fantasmas. Pueden ser personas pero también, lugares o instantes. Esos que sobrevivieron nos acompañan y nos regalan una nueva historia para relatar”

 

 

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Rita Chirino

3 Comentarios

  1. Muchas «Gracias por leer mis historias, por darles » un me gusta» y por el tiempo dedicado a sus comentarios».

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