Corrían los ‘80 y se desandaban tibiamente hasta pasada la nueva década. Trabajaba y estudiaba durante la semana agitada, llegaba el fin de semana y las opciones de fierro eran dos: recital o… boliche.

Para ir a bailar, se necesitaba una suerte de elegante sport, sin zapatillas muchas veces, ya que en la entrada de los boliches habían unos patovicas censores que definían si entrabas o no.

Los boliches tenían, en general, una zona oscura de sillones que se llamaban LOS RESERVADOS. Allí, entre medio de la música lenta, nos sentábamos con la dama para charlar y tratar de que los besos y los abrazos nos lleven a un lugar más cómodo.

Un día toca SAINT THOMAS, en Almagro, un gran reducto de la época con juego de luces de última generación, dos plantas y, arriba desde los balcones improvisados, se veía la pista bailable y la chica que uno quería. El dato a tener en cuenta era que arriba estaban los baños, la estrategia indicaba esperar arriba, cerca del toilette de chicas, y sacarlas a bailar cuando salían en una especie de improvisada nota periodística por asalto.

La recorrida nos lleva ahora al oeste, donde el faro es PINAR DE ROCHA, con hermosos jardines semioscuros que permiten el beso furtivo sin curiosas miradas.

De la zona, también destaco JONAS, un barco iluminado, donde mis amigos se robaban lámparas de colores como premio a la borrachera.

Clásicos del oeste, también sumamos a CRASH y a JUAN DE LOS PALOTES. Este último, más para los domingos que arrancaba alrededor de las ocho de la noche, ya que el lunes sonaba el despertador a las siete. Muchos lunes fui sin dormir (cindor) debido a las chicas de los Palotes.

Un lugar hermoso era BUENOS AIRES NEWS, cerca de los bosques de Palermo, con varias pistas internas y una externa donde se bailaba a la luz de la luna y de Madona.

Había también un recorrido alternativo donde la música hacia la diferencia. En LA SALSERA,  los ritmos latinos hacían transpirar un sudoroso galpón con pocas luces y mucho frenesí. VADINHO, en Zabala y Luis María Campos, era una suerte de garaje enorme donde se bailaba música brasileña y se tomaban muchas caipirinhas. LA VERDULERÍA tenia la impronta del rock nacional, donde la barra despachaba -sin parar- botellas de sidra sin vasos y todos tomábamos del pico.

En las zonas de Belgrano y Colegiales aparecían CINEMA y LA FRANCE como meca de la búsqueda de chicas rubias y glamorosas que nos daban más no que si, pero había que morir en el intento.

En las gloriosas excursiones al sur del conurbano con un auto y seis amigos. Se destacaban LA CASONA en Lanús, con gran parque, y EISIELLAND, en Quilmes, un prodigio de modernidad, era como una suerte de parque de diversiones intergaláctico donde el esplendor de los juegos de luces encandilaba.

En zona norte, el clásico era SUNSET con su provocadora pileta que alguna noche fue mojadura general, y casi todos demorados en la comisaria de la zona.

El oeste profundo traía al SEM de Moreno y a una nave espacial de tres plantas, en San Justo, SKYLAB, que luego se transformo en bailantera.

Sobre la calle Córdoba porteña, se mostraba una incógnita para mi, DIMENSIÓN. Fui tres veces y nunca pudimos entrar por distintos motivos: pelo largo, zapatillas, remera colorida, cara de barrio, etc, etc. El INADI hoy haría un festival de clausuras.

La modernidad se reunía en NEW YORK CITY, donde las fiestas temáticas marcaban la diferencia. Me toco ir a “la fiesta del surf”, donde todos los chetos lucían su tablas y sus músculos bronceados. Esa noche entendí una diferencia importante, mi mejor músculo es el cerebro y mi mayor bien la palabra.

La recorrida llega a su tope de gama en un boliche de Once, SILUETTE, al que fui sólo una vez en mi vida. Por primera vez también entre solo, ya que mis amigos llegaban más tarde por compromisos familiares, no había celulares y nos veríamos en la barra como siempre.

Allí nos encontramos finalmente, charlando y tomando mi bebida favorita, whisky. De repente, a mis espaldas, siento como una corriente de energía difusa, algo que me obliga a darme vuela sin sentido, sólo electricidad en el ambiente.

Me doy vuelta, vaso en mano, y la veo, una escultural morocha con un saco negro y pantalones ajustados grises, ojos grandes y pelo semienrulado.

Pasa a mi lado caminando y una mano invisible del destino me ayuda a seguirla y hablarle.

Hablamos tres horas en un boliche que se había desvanecido igual que la gente, sólo música, ella y yo. Suenan los lentos y seguimos charlando. De repente, los primeros acordes de “Maravillosa noche” de Clapton, versionada por JAF.

La miro y la invito a bailar, un lento como primer baile, una osadía propia del destino invisible. Duda pero acepta, un pequeño paso para el hombre un gran paso para la humanidad.

Bailamos, bailamos, charlamos, soñamos, crecimos. El destino invisible hace que la morocha me este cebando un mate mientras dos altísimos y maravillosos hijos duermen.

Casi treinta años después, el destino invisible nos acerca algunos acordes de Clapton y bailamos como la primera vez.

 

 

 

 

LA CICCIOLINA – LENCERÍA Y SEX SHOP

1 Comentario

  1. Error JUAN DE LOS PALOTES domingo por la tarde de 19 a 24 hs
    Noche 1:30 a 7 hs te lo dice un tarjetero que siempre contribuyó con el ahorro energético y derroche de luz

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