Mariela estaba sentada en el colectivo. Iba en el tercer asiento después de la segunda puerta, del lado del pasillo. Salió del trabajo a las ocho y media de la noche. El colectivo ya venía lleno pero tuvo suerte. Se bajó una mujer justo donde ella estaba parada.

Se sonríe apenas, al recordar como la miraba un pibe que entró en su trabajo con la novia. Es que Mariela era linda y lo sabía, era joven y tenía ropa bonita que compraba con un importante descuento, un beneficio para empleados del shopping, con el objeto de que estén presentables.

A su lado, iba sentado un hombre grueso, y aunque no es obeso, es enorme y atrapa con su cuerpo parte del asiento de Mariela. Ella resistía porque está muy cansada y tenía más de una hora de viaje, es mejor ir sentada incómoda que parada cuando no puede más de los pies. Desde las 10 de la mañana parada en el local que atiende. La dueña no permitía poner asientos para empleados. No los había en ningún local en realidad. Debía permanecer de pie, a veces se recostaba en el mostrador o sobre la estantería, cuando el local está vacío. Los zapatos que usaba le molestaban, después de tantas horas todos los zapatos son incómodos.

El vecino de asiento se desparramaba a sus anchas. Mariela sentía la invasión pero resistía, el hombre se abre aún más de piernas, ella junta las propias y se hace pequeña. Se molesta un poco pero no tiene más remedio que soportar, el colectivo va lleno. Mariela siente como uno que va parado le roza el hombro con su cuerpo. Parece a propósito. Es común que suceda. Mariela no se queja, piensa que el tipo es un pajero de tantos que se cruzan en el día, en los días, en los viajes diarios entre su casa y el laburo. Gritaría para dejarlo en evidencia, pero seguro la mirarían como una loca, una histérica, quien sabe.

Piensa que le da miedo a que el tipo, encima la espere mañana y tome alguna venganza. Le haga algo. No recuerda si lo vio antes pero a lo mejor él si la ha visto. O la busca. Ella siempre toma el colectivo a esa hora. No dice nada. Aguanta. Capaz, nada que ver, el tipo no tiene una intención y la roza por casualidad. En realidad no lo cree, lo duda.

En el asiento de adelante, una mujer discute con un hombre, Mariela no les presta atención, pero ellos suben la voz como participando al resto de los pasajeros de sus problemas. Trata de zafarse de la postura que le facilita al hombre ese roce que tanto la incomoda. Se indigna un poco, pero aguanta, todavía falta para bajarse.

El colectivo llega a un cruce importante bajan muchos y suben otros. Mariela ruega que el tipo se corra del lugar. Que lo empujen. Que se vea obligado a moverse. Pero no sucede. Intenta mirarlo para darle a entender que se siente molesta. El hombre mira distraído el paisaje que corre por las ventanillas. Mariela se mueve bruscamente, trata de golpear el cuerpo del hombre. Apenas lo logra. Mariela está acostumbrada a soportar. El hombre se corre apenas. Ya no la roza. No ha pasado nada nuevo ni raro. Es normal. Cuando baje del colectivo, la espera su pareja con el hijito de ambos, comprarán algo de pasada para comer, bañarse y acostarse que mañana todo vuelve a empezar.

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Rita Chirino

3 Comentarios

  1. Bienvenida!
    Cuánta realidad en esta nota .. terrible realidad que soportamos a diario. Excelente

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