Martín está loco, tiene más de 40 años y, desde hace más de 20, lo diagnosticaron con alguna clase de esquizofrenia. Justo antes de irse a Italia con su familia, en busca del paraíso perdido. Y lo encontraron, pero se terminaron perdiendo ellos.

A los 30 ya estaba de vuelta, pero lejos estaba de ser profeta en su tierra. Su hermano, mellizo, también está loco, pero encima es violento y agrede a los padres, que lo doblan en edad y en fragilidad.

Martín cuida a sus padres porque están muy mayores, y los cuida de su hermano.

 

 

Martín añora los viajes a Suiza, Austria y Alemania; recuerda con rigor fotográfico los paisajes que la mayoría vio en películas de Fellini, Gasman y Bertolucci.

Es muy conciente de lo que tiene, y le duele. Pero mucho más le duele saber todo lo que desea y necesita, y que NO puede… porque ESTÁ LOCO.

Le encantaría trabajar, estudiar, armar su propia familia. Pero sabe que nunca va a pasar. Disfruta de la música, del fútbol, de salir con amigos… pero casi no tiene.

Las sucesivas internaciones en clínicas psiquiátricas lo fueron alejando de la vida social, de su rutina cotidiana, y de él mismo. Y cada día es una copia fiel del anterior.

El único “error” en esa programación sin fisuras se da los viernes, cuando se da el gusto de batir todos los récords de ingesta de helado: un kilo en 12 minutos. Que ni siquiera satisface ni regocija; sólo llena vacíos y calma ansiedades. Y frustraciones.

En el barrio lo conocen todos, lo saludan y le sonríen; pero si está lejos, mejor. Hasta la maestra de primaria lo recuerda con palabras dulces y alegres, pero con mirada triste. Porque también sabe que MARTÍN ESTÁ LOCO.

 

 

Le encantaría tener Netflix, porque le contaron que hay un montón de series y películas geniales. Pero tampoco puede, porque el celu y la compu son muy viejos y no tienen el soporte para instalarlo.

Entonces mira la tele y escucha la radio. Se informa, a su manera se informa, y genera su pensamiento crítico: “a mí me dolió mucho lo de Maradona, pero creo que se abusó demasiado con lo del velatorio. Además, ¿por qué cualquier otra persona que se muere no puede ser velada?”. Pero MARTÍN ESTÁ LOCO.

Cree, con firmeza irrevocable, que los padres no hablan con sus hijos, porque trabajan mucho y cuando llegan a casa les dan la tablet o la Play para no tener que aguantarlos. Y que ése es uno de los mayores males de nuestra sociedad.

No comprende por qué se discrimina a una persona que viene de Bolivia, “si al final, todos somos personas”. PERO MARTÍN ESTÁ LOCO.

 

 

Habla y vocifera, como si se le hubiera roto la “perilla” del volumen, y todos los miran y piensan… ”ESTE DEBE ESTAR LOCO”.

Acompaña a una anciana a cruzar la avenida sin que se lo pidan, levanta un cartel de Coto que el viento derribó, tan grande como su humanidad y su bondad, que tiene espacios para estacionar las bicicletas, que interrumpe el paso; pero a nadie se le ocurre agacharse.

Empuja espontáneamente una Coupé Chevy de los´60 que se quedó sin nafta (como el dueño) y que pesa como un Panzer, sin pestañar ante los insultos de la caravana que quiere pasarlos por arriba.

Pero MARTÍN ESTÁ LOCO.

Los psiquiatras, los analistas refuerzan a rajatablas el diagnóstico, sin posibilidad, ni ánimo de transformarlo.

Pero, en realidad, ¿MARTÍN ESTÁ LOCO?

 

 

BELÉN CASCO – CONSULTORÍA PSICOLÓGICA

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