“Ella me dijo que el miedo no existía, que nunca existió”, mi madre, del corazón. Piel oscura, mente cristalina como las gotas de lluvia. Me haces tanta falta.

Tenía 5 años cuando vagaba por las calles de zona sur con el carrito, llevaba cartón, maderas… Esas pesaban mucho, plástico, lo que la gente dejaba en los canastos de basura, que no era basura.

A veces me acompañaba Manuel, “Nolo”, le decían en el barrio, no era mi hermano pero ellos decían que sí. Me ayudaba con el peso… el de la vida.

Nolo tenía 10. Era grande, para mí, que apenas llegaba a su hombro, todos decían que era muy baja para mi edad.

Un día pasábamos por calle Rivadavia, era verano y los pies me quemaban, y ahí la vi. Mercedes, con su delantal de almacén de barrio no paraba de fregar la vereda, atender clientes, bolsas, gente, diarios, mercadería y cajones de bebidas. Por dos minutos soñé ser su hija, hasta que Nolo me despertó de un sopapo: “¡Dale, vamos! ¿Qué mirás?”

Bajé la cabeza y seguí caminando, pero detrás mío escuchaba pasos… ¡Qué pasos! ¡Taconazos! ¡Corrían! Mis ojos, que más no los pude abrir, se iluminaron, giré y ahí estaba ella, Mercedes con su delantal: “¡Hola, vengan!, Tengo dulce de membrillo y pan de hoy”

Y allí estábamos. Una cocina humilde, azulejos de muchos colores. Recuerdo esa mesa redonda que tambaleaba en un costado, el olorcito a pan tostado, el sol que entraba detrás de unas cortinas naranjas. Y ella, con su sonrisa y sus ojos negros encendidos, su acento norteño. Recuerdo que le miré los pies, ¡tampoco tenía zapatos! Y me alegró tanto nuestra coincidencia.

¡En mi vida había probado un manjar tan exquisito!

“¿Me puedo quedar?”, le pregunté, y al instante sentía el fuego de la vergüenza corriendo por todo mí cuerpo. Nolo me clavó la mirada y me samarreó otra vez.

La mujer más dulce del mundo, con los ojos más bellos del mundo, me hizo un gesto que entendí muy bien a mí corta edad.

A ella la vida no le quiso dar hijos de sangre, y yo estaba destinada a ser su hija. Y ella sabía que iba a encontrarme.

Mercedes fue mi madre, mi amor, mi todo en esta vida. La amé como se ama el aire mismo. La amo como se aman las historias felices.

Porque el miedo a perderla nunca existió.

Hoy le conté a mis hijos ésta historia, la de su abuela, la mujer más grande del planeta.

 

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