Debo decir que, a mis 30 años, empecé a “descolgar posters” para sólo quedarme con las sensaciones que dejaron en mi corazón para que no se vayan más. Pero con él, me nace algo curioso.

Hoy, con esta noticia, sentí un gran vacío, una gran y seca tristeza.

Para mí, siempre fue un ser mitológico, alguien súper lejano, alguien de otro tiempo. Mi primer recuerdo de él fue a mis cuatro años. Corrió a la cámara, con los ojos desorbitados, la boca abierta y la garganta llena de bronca, a la que expulsó en ese camino a la cámara. Según se me contó la leyenda, gritaba por todo lo que habían dicho hasta ese momento.

No tengo recuerdos de la tarde de la enfermera, ninguno. No sé si lo escondí en mi memoria o mi familia evitó que viera lo que esa escena causó en ellos. Repito, tenía cuatro años.

A medida que iba creciendo, me llamó la atención cómo todo el mundo lo idolatraba. Escuchaba repetir su nombre cada vez que mi abuelo jugaba a la pelota conmigo, y yo lo repetía como un lorito. Creo que es la única persona de la que mi viejo nunca habló mal, por lo menos durante mi infancia.

Mi papá me hizo de Boca en los noventa, década no muy buena como para enamorar a un chico a la hora de elegirle este cuadro, pero propicia para vivir el momento, con un poco más de consciencia, de la llegada (que después me enteré que fue vuelta) del hombre de la leyenda al club del que decidieron que me hiciera hincha, y al que accedí por convicción.

Mi infancia fue de fútbol, mi infancia tuvo la palabra MARADONA en mi casa, en el club de barrio en el que jugaba a la pelota, en la escuela, en la tele y en la radio. Pero seguía sin saber el por qué de la leyenda, y por consiguiente, el por qué de aquella garganta explotada en ese grito que me lo presentó.

Con la pubertad, lo entendí… El primer reportaje, el debut en primera, el mundial U20, su primera llegada a Boca, su turbulento paso por el Barça, la llegada y la consagración en Napoli, cuando cumplió su sueño de la infancia en el 86 -y principalmente de la manera en que lo hizo-, el mundial del 90 con el tobillo como un melón y las lágrimas de esa final arrebatada, y la preparación súper intensa que hizo para llegar a ese momento en que lo ví.

Gentileza Marcelo Figueras

 

También entendí lo otro, la parte negra de esa historia, su adicción a las drogas que sirvió de chivo expiatorio perfecto para intentar desacreditar su actitud revolucionaria y sus frases filosas al poder que lo no quería, al que le molestaba. Esa parte negra también fue la excusa para castigarlo cada vez que se encontraba feliz con su fiel compañera: la pelota.

Entendiendo todo eso, vi el partido homenaje en La Bombonera desde el comedor de mi casa. Vi a esa leyenda hecha hombre, hombre en el sentido humano, haciéndose cargo de cada uno de sus “pecados” con la frase “Yo me equivoqué y pagué”, seguida por “pero la pelota no se mancha”, reivindicando a su amor de toda la vida, a aquella que le salvó la vida y la que le quitó el hambre a su mamá. Ahí, a mis 11 años y habiendo dejado el fútbol, entendí el por qué era tan grande, por qué era inmenso.

Desde allí, fui viendo todo lo que la vida le deparó, porque a una personalidad como la suya lo muestran hasta en el baño, y todo eso fue haciendo que lo humanice cada vez más. Era la prensa amarillista la que más veces titulaba su nombre, mucho más que la deportiva, y esto hizo que el foco se haga en otro ángulo, en otra arista diferente a la que me lo presentó tan omnipotente como un Dios.

Una y otra vez, esos “pecados” de los que se había hecho cargo, aquella tarde en La Bombonera, se volvieron a repetir. Todo por alejarse (y porque lo alejaron) de lo único que lo hizo feliz, el fútbol.

Lo vi reencontrarse con la pelota, y ésta lo juntó con Messi en los roles de maestro y alumno. Lo vi ser feliz de nuevo, aunque en un lugar para el que todavía estaba verde, puesto que es muy difícil ocupar el puesto de entrenador cuando nunca se dejó de ser jugador.

En los últimos 10 años lo vi pelearse y amigarse con todo el mundo, pasar de un entorno a otro, y cada uno lo consumía más que el otro. Pero también lo vi, aunque sea un poco, redimirse de algunos de los “pecados” que cometió.

Pero fue en este último tiempo donde confirmé qué es lo que lo hizo grande, inmenso. Desde su recibimiento en Gimnasia de La Plata y su danza por cada una de las canchas que visitó, hasta su última ovación en La Bombonera, todo el AMOR y la GRATITUD que cada individuo en cada estadio le demostró a un señor cascoteado por la vida, que caminaba con asistencia, pero que mostraba una gran sonrisa y al que le brotaban lágrimas.

Esta última danza me hizo entender eso que no tiene explicación, me hizo incorporarlo a mi ser una vez más, pero de una manera más racional (si es que se puede racionalizar lo irracional).

Como dije al principio, a mis 30 años empecé a “descolgar posters” y “bajar ídolos” para sólo quedarme con las sensaciones que dejaron en mi corazón para que no se vayan más. Jamás voy a olvidar lo que me hizo sentir cuando, de chico, vi lo que les hizo sentir a los míos y cómo me vinculó con ellos. Jamás voy a dejar de reconocer que fue quien nos representó ante el mundo e hizo que este nos quiera un poco.

Puedo afirmar que no es mi ídolo, pero si formó parte de mi infancia e hizo que me replantee muchos aspectos de la vida misma. También puedo decir que me demostró que los humanos -con sus pro y sus contras, con sus defectos y virtudes, con su luz y oscuridad- pueden convertirse en leyendas vivientes si se lo proponen.

Gentileza EAMEO

Pero desde ayer, Diego Armando Maradona se terminó de convertir en leyenda dando ese paso a la eternidad, dejando a un mundo acongojado por su partida pero que festeja su obra.

 

 

EL TOTE – PIZZAS & EMPANADAS

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