Y me despido, porque sé que ya no querés saber más de mí, esas fueron sus últimas palabras escritas en un mensaje de su celular.

Antes le había escrito varias veces, pero él… Él que hasta hacía unos meses la había amado tanto… No respondía.

Ella seguía escribiendo, cómo quién escribe sus memorias en un cuaderno. Sin respuestas.

Lo lloraba todos los días. Preguntándose ¿por qué?, ¿para qué?, ¿qué pasaba?.

Siempre sin entender su abandono. Lo sufría. Lo extrañaba. Lo recordaba y a veces reía.Tenía en su mente siempre el último te amo de él, bajo una lluvia fría, y el beso de ella, despidiéndose con una promesa: la de volver y sólo con un pasaje de «ida».

Extrañaba su mirada, su luz de mar, su abrazo de calma. Verlo llegar siempre con una sonrisa, con comentarios alegres por cualquier cosa que pasara.

Cantaban juntos en la arena tibia de noviembre, caminaban mucho, pateando olas, tocando la vida.

Pasaron dos años de esos mensajes sin respuestas, el silencio la invadió tanto tiempo que hasta parecía no hablar. Sólo cantaba…

No quiero buscar más, escribió en una red social, en dónde cualquier persona decía lo que quería, desconocidos, preguntando con frases irracionales y tragicómicas.
Y así fue, dejó de buscarlo. Y olvidó. Se dedicó a su vida por fin, a sus pasiones. Pasaron veranos, atardeceres y soles

Una noche, cantando en una recepción, en un escenario cubierto de flores y cintas de colores, uno de los músicos frenó la función…
Ella creyó que era una de esas sorpresas que se armaban a veces para cumpleaños o aniversarios. Pero no, esta vez.

Parada en medio del escenario, mirando la nada.
De pronto, y desde esa nada, un hombre caminaba hacia ella.

¿Es una broma?, le dijo al músico.
No lo sé, dijo que te conocía, le respondió el bajista.

El hombre se acercó aún más, hasta que se iluminó. Ella lo miró fijo. Él sonrió, volvió a decirle esas frases alegres de todas las tardes en el mar y tomó una de sus manos.
Una lágrima caía por sus ojos, ya no podía cantar.

Vine a buscarte, le dijo él.

Sus lágrimas ya caían con furia. Se le había llenado el rostro de agua salada. Seguía seria. Dura como estatua. Mirándolo fijo.
Él, sin entender, le tomó la otra mano y le dijo: soy yo Clara, tu compañero, tu amor del mar

Ella no respondía, juntaba rabia, y llenaba el escenario de lágrimas.

Te estuve esperando con tu pasaje de ida, le dijo él.
Te soñé mil veces, dijo Clara, por fin: en un jardín de flores, cantando, ya no me quedan pasajes.
Clara, soy yo!, dijo sin entender.
No. No lo sos.

 

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9 Comentarios

  1. Sos grosa Ceci, que gran remate, me esperaba un final hollywoodense y le diste un giro inesperado. Bravo!!!!!

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