Por: Walter García – psicoanalista, escritor y músico.

 

Moterialidad

El aislamiento comienza a cesar, aunque seguimos separados. La añoranza de ese abrazo eterno se hace cada vez más potente y viste las palabras de colores cálidos. Pero también está la sombra, eso que muchas veces reclama un lugar de brújula imperecedera. Cuando el vestido gris oscuro -que llevamos de capa- se torna un velo, los dones de nuestra verdad se rigidizan en una punta de lanza, aguda, espinosa.

Entonces, ofrecemos presencia en forma de coraza en estado de alerta, nos embaucamos nosotros mismos por la promesa de seguir existiendo a pesar del otro. ¿Qué es eso que estamos diciendo ahí?

No tenemos que dejar que el miedo sea la tinta de nuestras cartas de amor, aunque estas ya sólo se escriban con teclas digitales. El miedo abraza y aprieta a la desconfianza, en un mundo en el que las palabras se convierten en monedas desgastadas, sin valor, y entonces las sazonamos con hiel, y gruñidos que viajan desde otros (hu)ecos.

Esas mismas palabras son las que hacen de retorno del aislamiento. Aislarse no es separarse físicamente del otro, sino más bien quitar la mirada, cerrarse al afecto, afectarse de un vacío del otro autoproducido. Todo esto por efecto de la maldita verdad. Mal-dita, justamente porque está mal dicha. La verdad no existe más que a cuentas de que se la tome como viene: a medias. No hay verdad más que esa que se produce como efecto de un decir original (desde el origen) pero también inédito. Lo cual no implica un Bien supremo que sólo alcanzarían lxs eruditos/as en la materia. ¡Claro, la verdad no es materia sino de lengua!

 

Aprovecho y hago uso de un neologismo lacaniano “la moterialidad” que reúne la materia con la palabra “mot”.

Si ubicamos la verdad como una, como inconmensurable, y de la mano del capitalismo neoliberal como “consumible”, entonces la entronizamos haciendo del otro un objeto de sospecha. En cambio, si la tomamos por lo que es: “una nada que mueve al mundo”, entonces la solidaridad volverá a arroparnos.

Se han hecho estragos en nombre de la verdad. Muchxs se han convertido en su propix enemigx, en aquello contra lo que batallaban, y sin darse cuenta. Si la justicia es ciega, la verdad es tartamuda. Sólo se hace oír a aquel/lla buen entendedor/a.

Algunas frases:

“La verdad es incontrovertible. La malicia puede atacarla, la ignorancia despreciarla, pero al final, la verdad está ahí”, Winston Churchill.

 

“Amigo mío, la verdad es esta: nadie miente del todo al mentir”, Pascal Quignard.

 

“La verdad es lo que es. Y sigue siendo verdad aunque se piense al revés”, Antonio Machado.

 

“Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”, Aristóteles.

 

“La verdad es el error que escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido”, Jacques Lacan.

 

 

 

 

Despertar y Salir

Despertar es el momento del rayo. Un destello que sorprende y anula todas las certidumbres, dejándonos desnudos a la intemperie del mundo. Despertamos en ese instante fugaz en que nos acaricia la nada en su aporía. Allí donde el des-velo se asume, donde se corren las cortinas muertas para darle paso a lo vivo, a eso que se retira de su descanso.

Entonces no queda otra que salir. Pero no me refiero a salir al mundo, pues de ese modo no estaríamos más que volviéndonos a dormir. Me refiero a encontrar una pifia distinta, un trazo diferente, a un des-marcamiento de la historia, que a su vez hace historia.

Salir no se reduce a la acción de pasar de un adentro a un afuera. Salir es desafiar a Euclides. Salir no es romper los moldes, es torcer sus bordes hasta encontrar la de-formación acorde a nuestro timbre.

Salir es encontrarnos con otra forma, es deformar-se, es sonar en el acento que desafina en cada existir. Salir es trazar-se hacia un nuevo encuentro, por una ruta desconocida, cuyo horizonte no es sólo un Norte para no llegar. El viaje es el camino más que el destino. No podremos jamás salir si no despertamos primero. Si no recibimos ese golpe que arranca el corset de los sentidos y los libera a su pura combinación de sonidos.

 

 

La música tiene algo que ver con la libertad, es porque no cierra, porque no se queda en los significados y arroba al cuerpo. Salir es encontrarse con otro cuerpo. Salir es dedicar amor a otro.

Espero que este encierro, imaginario, en el que vivimos tantos días, nos sirva menos para salir corriendo que para despertar hacia otra vida. Los discursos apocalípticos y pesimistas sirven para adormecernos en los nauseabundos sueños de otros, en nuestras pesadillas. De ahí es de donde debemos despertar. Y como dijo alguien que entendió todo a sus 19 años, y que por falta de un oído despierto, no pudo continuar con su vida:

 

“Cuando tu guitarra esté desafinada, desentona con ella”, Kurt Cobain.

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