Una de mis mayores pasiones, que no son tantas, es la música; en realidad el Rock, en casi todas sus formas. Lo disfruto desde los 5 años, cuando me deslumbraba con los misteriosos maquillajes de Kiss y las Rapsodias inolvidables de Queen.

Me jacto de ser un melómano empedernido, y me enorgullezco porque me hace feliz, porque estoy convencido de que el arte (en cualquiera de sus manifestaciones) es un refugio para el alma y es una vía de intercambio y socialización como pocas.

Entre el fin de la primaria y el comienzo de la secundaria, me rendía a los pies de Miguel Mateos, las “marchas de la bronca” de U2, y el nihilismo edulcorado de The Cure.

En 1987, mi hermano mayor trajo a casa un cassette de una banda clásica, anacrónica, de la cual sólo conocía el nombre y sin haberla escuchado, me parecía inaccesible.

El grupo en cuestión era Pink Floyd, y su obra por excelencia: The Wall; uno de los discos mas vendidos e icónicos de la historia de la música.

 

Una tarde de invierno, en busca de inspiración para hacer la tarea de la escuela, decidí ponerlo en el minicomponente, en la cocina de casa. Lo escuché entero: 1 hora y 22 minutos. Cuando finalizó, me quería arrancar la cabeza, por la migraña que suponía me había generado.

Todos mis prejuicios se habían confirmado. Me prometí prescindir de esa escucha tortuosa por mucho tiempo. Sin saberlo, esa fue una experiencia bisagra en mi vida.

Pasaron meses, y la colección estaba casi completa en el mueble de la pieza. Hasta el disco nuevo que salio ese año, producto de una reencarnación sin su principal líder, Roger Waters. Yo no hacía más que mirar esos cassettes ordenados cronológicamente de reojo y con seria desconfianza.

En ese entonces, la banda sonora de mi casa se debatía entre discusiones familiares, llantos y carcajadas de mi adorable hermano pequeño, y claro está, The Wall.

Poco a poco, por osmosis auditiva, fui encontrando el encanto de algunas canciones (Another brick in the wall, Mother, Run like hell), junté coraje y decidí darle otra oportunidad -que fueron varias- hasta que pude digerirlo sin efectos colaterales.

 

 

The Wall (el film), dirigido por Alan Parker, fue estrenado en 1982. Es, entre tantas cosas, un alegato antibelicista y el reflejo del trauma que provocó en Waters la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial.

Todos los paradigmas de una Gran Bretaña conservadora, gobernada por Margaret Tatcher, se cuestionan con brutal cinismo: los estragos del capitalismo, las religiones, los regímenes autoritarios y alienación de una estrella de rock, que encuentra como salvaguarda para no sucumbir, la construcción de un muro que lo aísle de todo contacto con la sociedad.

La estocada final a mi endeble resistencia fue la trasnoche de un sábado, en el cine de culto Electric de Lavalle, donde proyectaron la película, durante varios años, luego de la programación habitual.

La sala era un hervidero de furia juvenil; un ritual en zona liberada donde el brazo inquisidor de la razzia policial pasaba por alto.

A mis conflictivos 14 años, con los temores y represiones lógicas, producto de la educación religiosa que recibía, la experiencia en su conjunto fue, cuanto menos, perturbadora. Aunque también transformadora. Creó que mis valores y mi ideología tuvieron como piedra basal ese momento epifánico.

Al fin, saber de que trataban las letras, combinadas en alquimia perfecta con las actuaciones y las animaciones, encendieron un fuego que se transformo en un fanatismo casi patológico; durante algunos años no me permití escuchar otra banda o solista.

Con la fascinación por el resto de la obra, fui dejando gradualmente de lado la culpa que me carcomía por no respetar el juramento de fidelidad y escucha eterna, para abrir la puerta a nuevos sonidos.

Lentamente, me fui convenciendo de que nada me podía conmover, emocionar y transportar como un disco de Pink Floyd. Y así sigue siendo 33 años después.

Depresivos, opresivos, melancólicos, aburridos; son algunos de los descalificativos que reciben del otro lado de la mecha, para denostarlos sin siquiera haberlos escuchado.

Una muestra de reduccionismo facilista y superficial que no supera una primera escucha, y que pondera la música únicamente como un entretenimiento escapista, y no como una obra conceptual.

Es posible que ese concentrado de prejuicios tenga una dosis de asidero; pero, al fin y al cabo, como asevera la bella canción: “(…) pones canciones tristes para sentirte mejor (…)”.

 

BLANQUERÍA NOELIA

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