Hace algunos días, volví a dar rienda suelta, después de mucho tiempo, a mi añeja obsesión por mantener mis discos ordenados por orden alfabético: por un lado, los internacionales, por el otro, los del rock de acá. Una costumbre que conservo desde chico, cuando repetía el ritual semanal, pero con los cassettes.

El minicomponente que conservo, más por valor simbólico que por funcionalidad, responde a la lógica de “la obsolescencia programada”, que afirma que los objetos tienen una vida útil planificada de antemano, a fin de generar mayores ingresos, debido a compras más frecuentes. Lo concreto es que el equipo… no funciona.

Mi único santuario musical, entonces, es el auto, cuyo stereo requiere de asistencia humana para pasar de canción.

Volviendo al principio, en la recorrida por la “batea nacional”, me reencontré no con un disco, sino con una experiencia inolvidable: “Soda Stereo en la 9 de julio”.

Corría el año 1991, y los argentinos estábamos subyugados ante el influjo hipnótico de La Convertibilidad, creada por el tándem Menem-Cavallo en marzo de ese año. La “plata dulce” nos volvía a empalagar, sin medir las atroces consecuencias del atracón que vendría unos años mas tarde.

La Ciudad de Buenos Aires, todavía no era autónoma. Era la Capital de la Nación, y estaba dirigida por un Intendente: Carlos Grosso, protagonista de la turbia creación de Puerto Madero (tal como lo conocemos hoy), y el escándalo de la escuela-shopping de Once, entre tantos otros.

Dentro de lo ínfimo rescatable de su gestión, estuvo la creación del ciclo de recitales al aire libre “Mi Buenos Aires querido”, cuya segunda edición se llevó a cabo el 14 de diciembre de 1991, con un escenario instalado en la intersección de la Avenida 9 de Julio y Estados Unidos.

Fue la definitiva consagración de Soda como la banda más importante de Latinoamérica, a instancias de la edición de “Canción Animal”, un disco rupturista en el catálogo de la banda, donde da un giro musical inesperado hacia los sonidos crudos de los ´70, de la mano de Pescado Rabioso y Vox Dei.

Hacía un año, habían colmado el estadio de Vélez Sarsfield y en julio “reventaron” 14 Gran Rex. Era momento de batir otro récord: el de la convocatoria más importante en un recital gratuito, que se sostiene al día de la fecha…

 

 

Casi 300.000 personas inundaron la avenida, convirtiéndola en una alfombra humana a lo largo de 10 cuadras, donde no había manera de no fusionarse como siameses, hermanados por el fanatismo, en un abrazo obligado…

 

“… por descuido, fui víctima de todo alguna vez…”

Otro de tantos desencuentros amorosos, determinó que esa jornada surrealista, la viviera en soledad. Luego de varios llamados telefónicos que rebotaban en una habitación vacía y de timbres afónicos de tanto sonar, me subí al 53, en la esquina de Lascano y Emilio Lamarca, para llegar a mi destino una hora más tarde. La sensación latente era que ahí iba a suceder algo histórico.

 

“… es una condena agradable el instante previo…”

El reloj se empecinó en no avanzar, ya no tenía uñas para morder, pero alrededor mío, el espectáculo fue la mejor banda soporte que podía imaginar. Aquí también se vivía una misa, con otra liturgia, otros feligreses, otro culto sagrado, pero con el mismo amor, en procesión estática aguardando por el ritual pagano de la más maravillosa de las músicas…

 

“… al calor de las masas…”

Sin noción del tiempo, y con un calor tan implacable como la ansiedad, se apagaron las luces del escenario, y se encendieron los gritos insoportables y un arsenal bélico de bombas de estruendo… suenan los primeros acordes de “De Música Ligera” a capella. Es sólo un amague para romper el hielo, que ya está derretido; la multitud cae rendida ante esa deidad sagrada.

La sentencia risueña de Gustavo Cerati… Con la sonrisa de Carlitos, da pie para que Charly Alberti, apriete el pedal del bombo, dando inicio a “Hombre Al Agua”.

Los hits recién sacados del horno se pelean con los clásicos para ver cual provoca el mayor golpe bajo: “Sin Sobresaltos”, “Un Millón De Años Luz”, “Trátame Suavemente”, “La Cúpula”. Siete años de carrera brillante, cinco discos impecables: todo en una sola noche. Los alaridos superan ampliamente en decibeles a la guitarra indómita de Cerati.

Hasta hubo tiempo para un cover no lisérgico de “I Want You (So Heavy)” de Los Beatles, versiones descarnadas de “En Camino” y “Prófugos”. Y el aplauso merecido para Daniel Melero (tal vez, el cuarto Soda más celado por los dos tercios de la banda), luego de la somnolienta versión de “Trátame Suavemente”.

 

 

La locomotora rítmica de Zeta y Charly avasallente, y de una precisión quirúrgica, los mostraba en su mejor versión física y musical.

 

“… te vi que llorabas por él…”

Tras bambalinas, el papá de Gustavo y manager de Soda, disfrutaba, como podía, el último recital que vería de la banda de su hijo. Pocos meses más tarde, moriría de cáncer.

Los “solos” descabellados, los gritos viscerales, algún que otro pifie en la performance de Gustavo, daban cuenta de una angustia incontenible que drenaba en cada acorde.

 

“… nena nunca voy a ser un superhombre, sueles dejarme solo…”

Esa noche logré resignificar el sentido de esa opresiva canción, y de algún modo, apropiármela. Esa noche supe que eso que deseaba con tanto anhelo, jamás iba a suceder. Esa noche salí de la crisálida, abrí mis alas y entendí que debía ser quién yo quisiera, y no quien esperaban que fuera.

 

“… odio este domingo híbrido de siempre…”

La velada mágica finalizó, el bloque de concreto humano tardo una eternidad en desgranarse. Comencé a caminar hacia ningún lugar, como un chico perdido en la playa, extasiado de tanto placer y tanta música.

No recuerdo cómo, pero sé que volví…

 

Esperé el final del último tema, saqué el stereo, cerré la puerta del auto, y  puse la llave en la cerradura de otra puerta, porque “no hay nada mejor que casa”.

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