Te cuento que me cuesta mucho escribirte, hablarte, o siquiera pensar en vos. Te cuento que ya lloré con el mero hecho de pensar en escribirte y probablemente vuelva a hacerlo mientras lo hago. Te cuento que en estos casi dieciocho años he llorado mucho más de lo que te podés imaginar, pero mucho menos de lo que debería haberlo hecho.

Te cuento que, a excepción de tu madre, todos estamos vivos. Ella vivió unos tres años más, hasta el 4 de noviembre del 2006, más precisamente. Te cuento que desarrollé una memoria y una mente matemática, que me acuerdo de más de cien cumpleaños, pero increíblemente no me acuerdo de la fecha de tu muerte. Siempre estoy entre 21 o 27 de octubre. Te cuento que tu mujer tuvo dos hombres más y ambos murieron del corazón, al igual que vos. Te cuento que tu hija más chica tapó tu vacío con Dios y la otra con un manipulador y muchas pastillas, y probablemente lo haga para siempre.

 

 

Te cuento que tenés o tendrías cinco nietos, yo el más grande, por supuesto. Te cuento que soy el más parecido a vos, por mi cuerpo, por mis rasgos polacos, por mi forma de caminar y de vestir. Te cuento que me contaron muchas cosas sobre vos, que te dabas con cocaína, que alquilaban un departamento con tus amigos para llevar minas y enfiestarse, que eras muy avaricioso y que tal vez no hayas sido un buen padre, pero ni con todo eso he dejado de quererte.

Te cuento que me reencontré con mi viejo, como ocho años después de tu muerte, pero que aún te siento más padre a vos. Te cuento que me tuve que curtir desde muy chico, solo, o casi solo. Te cuento que a veces miro álbumes de fotos viejas, de antes de nacer, veo una familia feliz y me pregunto… ¿Cómo se fue todo tan a la mierda? ¿Por qué pude disfrutar de eso sólo hasta los seis años? Dicen que se deja de ser niño cuando se pierde la inocencia y yo creo haberla perdido cuando te vi pegarle a la abuela. Dicen que se deja de ser joven y soñador cuando se pierde la ingenuidad y yo creo haberla perdido después de ver cómo durante ocho años maltrataban a mi mamá mientras se hundía en pastillas. Por vos, por la casa y por tener un tipo de mierda al lado. Te cuento que de alguna forma me siento afortunado, porque a pesar de todo aún te quiero, que aún creo que vale la pena vivir, porque logré salir de una dinámica que me consumía, así como consumió y sigue consumiendo a otros en esta familia. Te cuento que no te cremaron ni esparcieron tus cenizas, como vos querías. Te enterraron y nadie pago nada por mantener la tumba. Te cuento que hoy debés ser polvo mezclado con otros polvos en una fosa común.

 

 

Te cuento que todavía me acuerdo de todo y creo que siempre lo recordaré. De las espumas que me comprabas en los corsos, de cuando ponías las piernas sobre una silla y yo me sentaba sobre ellas y mirabas al viejo choto de Sofovich y me decías mirá esos culos Cucky”, y yo no entendía a qué te referías, si para mí los culos eran para cagar. Te cuento que ahora lloro, porque todo es tan nítido que lastima. ¿Te cuento más? Bueno, te cuento que cuando estabas internado en el Santojanni me robaron, por primera vez, era tan ingenuo que pensé que el pibe me pegaba en joda, y mamá me dijo que no te contara nada porque no convenía darte un disgusto y yo me senté a tu derecha, te agarré la mano y me concentré en la forma de tu venas y me contuve las ganas de llorar y contarte que la había pasado como el orto y que había tenido mucho miedo. Te cuento que desde aquel tiempo me angustian los hospitales. Te cuento que no sabía que esa era la última vez que te iba a ver, que pensé que la muerte sólo sucedía en los dibujitos y bastaba con esperar al capítulo siguiente. Te cuento que con vos aprendí que las lágrimas fehacientemente pueden saltar de los ojos.

 

 

Te cuento que, la noche que moriste, me quedé a dormir en lo de Nahuel y dormimos en una habitación con dos puertas. Yo le pedí que por favor las cerrara porque me daba miedo, pero durante la madrugada aparecieron abiertas y vi una nube blanca pasar por la oscuridad y siempre lo asocié ridículamente a que habías venido a despedirte. Te cuento que no me voy a olvidar nunca de la ventanita de la puerta de calle de la casa de Nahuel y de la cara de mamá diciéndome que habías fallecido. Te cuento que tardé en llorar pero, cuando la amiga de la madre de Nahuel preguntó ¿Qué le pasó?” Y la madre de Nahuel contestó: Se le murió el abuelo, pobrecito”, ahí empecé y no pude parar. Nahuel me llevó a un cyber y seguí llorando mientras íbamos y mientras jugábamos y seguí llorando andando en bicicleta y seguí llorando cuando la tía me vino a buscar súper embarazada dos días después a lo de Nahuel. Y seguí llorando, tirado en la vereda, mirándome los pies y no pudiendo hacerme a la idea que ya no estabas más. Y seguí llorando cuando la abuela Luisa me preguntó si quería ir a tu entierro y entre lágrimas le dije que no, y seguí llorando cuando me dio diez pesos diciendo que era lo que me habías dejado para que vaya al cyber como tanto me gustaba. Te cuento que me evadí por muchísimo tiempo en los videojuegos.

 

 

Y por último, te cuento que estoy con una mujer con la que nos amamos profundamente y me salvó la vida, Marina. Que a casi dieciocho años de tu muerte, soy un hombre y me preguntó: ¿Cómo hubiera sido todo si no te hubieras muerto? ¿Es verdad que moriste después de la operación o fue durante? ¿Es verdad que de tu corazón agrandado tan sólo había quedado un cuarto? ¿Estarías orgulloso de la persona en la que me convertí?

Ya soy un hombre, abuelo, y todavía te extraño, todavía te lloro.

 

 

EL VIKINGO

1 Comentario

  1. Lucas nos lleva a nuestras propias infancias con panqueques de dulce de leche y cómida árabe…. excelente relato !!!!!!!!

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