Con una de mis amigas tenemos la costumbre de realizar un viaje
al exterior al año. Solas, nosotras dos por el mundo. Ella es del interior del país, de una de las más hermosas provincias de nuestra Argentina. Cada viaje es organizado con mucho tiempo de antelación, somos dos mujeres viajando por el mundo y hay cuidados que debemos tomar.

Viajar con ella es maravilloso, es una mujer muy divertida, libre, y muy inteligente. Ella es la más estudiosa de las dos, es quien sabe idiomas, historia de los lugares a recorrer, es quien organiza el tour y quien más conoce a los hombres. Marcela es muy osada y curiosa. En uno de los viajes, en el tren nocturno de Praga a Budapest, de unas 7 horas aproximadamente de duración en el pasillo de los camarotes, habían dos muchachos hermosos, franceses que también viajaban solos. Mi amiga muy simpática usó sus encantos con ellos y los invito a nuestro camarote.

Yo estaba recién separada de mi pareja y le había dicho a Marcela que no quería estar con ningún hombre, en este viaje. Me dijo:- no tenés que hacer nada que no quieras, después de todo sos adulta y responsable… dale, relajá. Y se sentó en la cama superior junto al muchacho elegido esa noche. Los franceses se llamaban Adrien y Calvin, eran muy educados. Nuestro francés era escaso pero aun así pudimos conversar, utilizando señas, el lenguaje de los cuerpos, algunas palabras en español de ellos y muchas ganas de conocernos de todos.

Calvin, rubio, de ojos claros de 25 años, estudiante de ingeniería, estaba muy interesado en mi. Yo me hacía la distraída, después de una ruptura necesitaba que me conquistaran, quería que usara todos sus encantos conmigo. Marcela ya se había entregado al placer, en la cama de arriba, con Adrien, y sus gemidos, y respiración agitada comenzó a excitarnos.

Recordé las palabras de mi amiga y pensé que quizá no volvería a ese país, ni a ese tren, ni a mi pareja anterior, ni volvería a ver al francés y me dejé seducir por Calvin… El viaje a Budapest fue muy intenso. El francés me besó completa, besó mi frente, mi boca, mi cuello, bajó por mis pechos y mis pezones dieron alerta de mi excitación, mientras con sus manos desabrochaba mi pantalón.

La erección de Calvin sobre mi pelvis aún con ropa hizo que olvidara que el lugar era compartido pues en mi cabeza tan solo éramos nosotros dos y el fuego que quemaba nuestros cuerpos. Continuaba escuchando suaves gemidos provenientes de la cama superior, de mi amiga y su conquista. Quitamos nuestra ropa y desnudos, en esa camita pequeña nos encontramos apasionadamente, ahogando los sonidos del placer con besos y palabras en francés. Desnudos por completo, toqué su suave cuerpo, sus músculos escondidos debajo de algunos tatuajes. Su olor era narcótico.

Nos besamos apasionadamente, mientras nuestros cuerpos comenzaban a conocerse, nuestros gemidos se mezclaban con los gemidos de la cama superior, lo que lo hacía mucho más excitante. Pasamos la noche juntos y al llegar a la estación nos despedimos con un beso fogoso y la promesa de volver a vernos.

Nuestro viaje continuó por una semana, por diferentes capitales de Europa. Recorrimos Italia, Francia, Inglaterra, conocimos unos lugares increíbles, unas personas maravillosas, una variedad gastronómica y cultural única del antiguo continente. Y utilicé este viaje para estudiar y confirmar la teoría de mi amiga sobre los hombres, que dice que sin importar su religión, cultura, estrato social, etc, al hombre le interesa lo mismo, en cualquier parte del mundo, el hombre solo quiere sexo. Me volví marinera y tuve un amor en cada puerto.

Volvimos a Argentina y comenzamos a planificar nuestro próximo viaje, esta vez el destino serían las playas del Caribe. Fue difícil elegir entre los diferentes países, Colombia, Cuba,
Panamá, etc, por la belleza de sus playas, pero, por oferta turística, paisaje, hoteles y varias cuestiones más, nos decidimos por República Dominicana.

Nos reuníamos cada mes con las propuestas que cada una de nosotras había elegido, en hoteles, vuelos, excursiones y mejores fechas del viaje. Cuando todo estuvo listo y llegada la fecha partimos rumbo a Punta Cana, nuevamente las dos solas recorriendo el mundo.

En esta ocasión Marce estaba en pareja, por lo que había prometido ser fiel. Yo, por otro lado, estaba soltera, y como ella me había dicho alguna vez, era grande y responsable de mis actos. Y bajo este lema comenzaron mis vacaciones en el paraíso.

El hotel era hermoso, con acceso directo la playa, la habitación con pisos que con su brillo mostraban tu reflejo, un baño al extremo lujoso, con una amplia ducha, varios restaurantes dentro del hotel, y tres bares que estaban abiertos las 24 horas, además de las increíbles piscinas que rodeaban los bares.

Al llegar, y después de recorrer el lugar, nos sentamos en el bar a disfrutar de un refresco, después fuimos a descansar a la orilla del Mar Caribe, y contemplar su belleza y por último nos dirigimos hacia el hall de entrada, para reservar un lugar en la excursión que nos llevaría hasta la Isla Saona al día siguiente, no queríamos perder más tiempo, como turistas no podíamos privarnos de conocerla.

A la mañana siguiente, muy temprano nos despertamos ansiosas por la aventura de la excursión. Desayunamos y esperamos en el hall de entrada del hotel a que la empresa de turismo contratada para la excursión pasara por nosotras. Llegamos a la parada y subimos en los asientos traseros de una lancha, que nos llevó desde el continente a la Isla.

La embarcación estaba completa con turistas de diversos países. Nosotras estábamos divertidas, libres, extasiadas de tanta belleza natural que nos rodeaba. El viaje hasta la Isla duraba unos 30 minutos y atravesaba paisajes increíbles. Al llegar a la Isla, Marce se dirigió al bar y yo era la encargada de conseguir un lugar donde recostarnos y apoyar nuestras cosas. Me pareció divisar entre los turistas que habían venido en nuestra lancha, a
dos lindos rubios, altos. Sus rostros me resultaban conocidos, pero no los recordaba bien.

Mientras mi amiga estaba aún en la barra, elegí una reposera que estaba debajo de una palmera y me recosté a contemplar el mar. Busqué con mi mirada a los rubios nuevamente, al divisarlos confirmé su identidad ¡eran Calvin y Adrien! y me encaminé hacia ellos, segura de mi misma, mostrando mi cuerpo bronceado, mi bikini diminuto y mi actitud provocadora, a quien quisiera mirarme.

Al acercarme a su reposera sonriendo, Calvin, se pone de pie y viene a mi encuentro mostrando sus blancos dientes y una sonrisa pícara, contento, el recuerdo que tenía de mí era muy bueno. Mientras mi amiga y su amigo estaban en la barra nosotros nos saludábamos con un beso fresco, con sabor a mar. Sujetó mi cabeza con ambas manos,
apoyó sus labios en mi boca, mi entrepierna reaccionó humedeciéndose y caí rendida, nuestros cuerpos tenían memoria, se recordaban y querían más placer.

Tomé su mano y sin mediar palabra caminamos hasta las reposeras. Se recostó a mi lado, en la silla que yo había reservado para mi amiga. Mirándome fijamente y con señas me preguntó si podía hacerme masajes, a lo que conteste con un sí, por favor casi susurrando.

Comenzó a acariciar mi cuello, mi nuca y mis hombros, suave, como recordando esa noche en el tren. Al bajar por mis brazos unos dedos traviesos rozaban mis pezones produciendo que se endurezcan en señal de excitación.

Al notar la reacción de mis pechos a sus manos continuó bajando disimuladamente por mi cintura hasta llegar a mis muslos, y con movimientos circulares acariciaba mis piernas y nuevamente sus incontrolables dedos se colaban por mi bikini.

Al confirmar por segunda vez que me gustaban mucho sus caricias y sus dedos traviesos, se atrevió a más y con un movimiento casi imperceptible introdujo un dedo en mi provocando un gemido suave. Estábamos los dos en llamas, me tomó de la mano y me llevó hasta el mar.

Enredó mi cabello en su mano sujetando mi nuca y me besó con pasión, mientras yo introducía mi mano dentro de su traje de baño. El público era demasiado en esa playa y nuestras ganas mutuas también.

Volvimos a nuestra reposera, donde ya estaba mi amiga y su amigo con los tragos esperándonos. Estuvimos tres horas aproximadamente en la Isla, no podíamos esperar a llegar al hotel, le dije a mi amiga que me esperara y corrí a esconderme detrás de una palmera con Calvin para continuar con la excitación mutua.

Al llegar al hotel de regreso, me invitó a su habitación para ducharnos juntos y quitarnos la arena del cuerpo. Nuestros cuerpos ardían de lujuria, necesitábamos la soledad de la habitación para satisfacer nuestra pasión y chocar nuestros cuerpos calientes deseantes de placer como quisimos hacerlo aquella vez en el tren nocturno.

Nos dimos placer en la ducha, bajo el agua tibia. Nos encontramos desnudos en su enorme cama, que con envolvía en sus suaves sábanas, el calor de nuestros cuerpos era pasión y lujuria. Llegamos al orgasmo juntos, sentía su jadeo en mi oído, y su olor
narcótico solo sumaba excitación.

Volví a mi habitación, le conté todo a Sandra que me escuchaba divertida. Estuve con Calvin un par de veces más en esas vacaciones. Volvimos a despedirnos con un beso fogoso y la promesa de volver a vernos en un próximo destino.

 

 

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