“Yo era cuervo desde que estaba en la cuna”. Momento, debo cometer un acto de sincericidio y confesar que esa afirmación, en mi caso, no es certera. Yo no nací cuervo, me hice cuervo.

Mi recuerdo más remoto está anclado en 1977, en los tablones del Viejo Gasómetro de Avenida La Plata; cuando, con 4 años, no lograba dilucidar por qué estaba con mi familia en un lugar abarrotado de desconocidos, que se abrazaban (y hasta me abrazaban a mi), cuando un señor dentro del campo de juego, vestido con una camiseta azul y roja, metía la pelota en el arco de “los otros”.

Ese día estaba completamente soleado, y el que defendía “nuestro arco”, usaba gorra con visera que sobresalía, tanto como sus bigotes. Para mí, Ricardo La Volpe siempre fue un tipo conocido, mucho antes de triunfar en México y de fracasar en Argentina como DT.

Dos años después, el cielo estaba encapotado y los corazones también. Fuimos con mi Viejo a la cancha, no porque se jugara algún partido, ese día era el ultimo que se podía ingresar al Gasómetro antes de que lo demolieran. Hasta eso nos sacaron los militares.

Era una procesión de almas en pena, con pasos errantes dentro del campo de juego que se miraban sollozando, sin encontrar explicación ni consuelo. El pasto me superaba en altura, y la tristeza ajena también.

 

 

 

Algunos pobres ilusos buscaban, entre los yuyos, un tapón perdido del botín de Pontoni, Farro o Martino; otros, entre las redes de los arcos, algún agujero producto del pelotazo fulminante del “Gringo” Scotta, o del “Lobo” Fischer. Y los mas desbordados por la desazón, apuntaban el oído hacía las ruinas de las cabinas, esperando el relato del gol del “Nene” Sanfilippo de taco a Roma.

Era el velorio de un gigante, el segundo hogar de cada hincha, modelo de estadio en Sudamérica, escenario de grandes eventos deportivos de nivel internacional, carnavales históricos, y hasta donde llegó a tocar un jovencísimo Carlos Santana, pocos años después de su consagración mundial en Woodstock.

Comenzó, entonces, el derrotero por los distintos estadios, que había que alquilar para jugar, para el oprobio del cuervo de pura sangre. Aunque, en mi caso, todavía lo vivía como parte de un ritual dominical, y hasta podía disfrutar el hecho de conocer otras locaciones.

Ante mi indiferencia, comenzó la tarea de “evangelización” de parte de mi viejo, que no lograba concebir semejante afrenta.

El sentimiento por un club se transmite de generación a generación, como sucedía varios siglos atrás con las tradiciones históricas, antes de que existiera la escritura.

Resulta que mi abuelo, venido de Italia tras la “Gran Guerra”, escribió el primer capítulo de la historia familiar; el día que ingresó en un bodegón de algún pueblo ignoto de la provincia de Santa Fe, donde un grupo nutrido de baqueanos, amuchados en racimo en torno a una radio de baquelita, imploraban porque Boca rompiera el cero del empate.

Como gran provocador que era, preguntó contra quien jugaba el xeneize: “San Lorenzo…”, le dijeron casi rebuznando. Apostó, ganó, enfureció a la concurrencia, y se retiró con una media sonrisa de burla y alegría.

Desde entonces, la “maldición” pasó a las descendencias, con los relatos: “Los Carasucias”, de Veira, Dobal y Telch; “Los Matadores”, de Albrecht, Buttice y el Mono Irusta. El bicampeón invicto del ´72. Partidos a los que no se iba a ver si ganaba, sino “por cuanto” ganaba.

Cuando le empezaba a tomar el gusto de pertenecer a esta élite, en 1981, San Lorenzo fue el primer grande en descender. La tristeza no tenía fin.

No era un club apto para cardíacos. Ese mismo domingo, mi viejo hizo un viaje relámpago a Rosario, para consolar al abuelo, ya enfermo, que se le “desarmó” a moco tendido en el pecho. Pocos meses después, falleció de insuficiencia renal, y de tristeza.

Mi incipiente romance se ponía en cuestionamiento ante el escarnio de quienes no habían tenido que soportar semejantes desgracias.

Pero si hay una hinchada resiliente, es la del “Ciclón”. La que se banco que le arrebataran el estadio para abrir una avenida fantasma; la que se bancó el descenso.

Comenzó el derrotero por estadios que siempre quedaban chicos. La “Sanlorenzomanía” no conocía de límites. Ferro, Huracán, Boca, River (con record de espectadores ante Tigre), y Vélez (donde Gámez, barrabrava y dirigente del Fortín) decidió finalizar el contrato ante el estupor de notar que los propios locatarios, se pasaban al bando de los inquilinos.

Ese año, vendió más entradas que cualquier equipo de primera división. El 6 de noviembre de 1982 fue mi baustismo de fuego, cuando me trepé al alambrado para ver como se inflaba la red por el penal del “Gallego” Insúa, y que despedía a San Lorenzo de la B, para nunca más volver. Ese día me entregaron la membresía.

Vendrían años de sequía de triunfos nacionales y aceptables participaciones en diferentes ediciones de la Libertadores; pero acostumbrándonos a la idea de nunca dar la vuelta.

El premio consuelo llegaría en 1993, con la inauguración del Nuevo Gasómetro en el Bajo Flores. A pesar de no estar en Boedo, nos evitaba el dolor de seguir alquilando.

Habría que esperar hasta 1995 para ir a Rosario en una Traffic alquilada por Tony, el papá de mi amigo Nahuel, en busca de lo imposible. Llegábamos segundos a un punto del Gimnasia de Griguol, que jugaba de local contra un Independiente sin ninguna pretensión, más que arruinarle la fiesta a otro grande.

 

 

El hereje Mazzoni, conjuró en contra de propios y ajenos y nos dio la alegría infinita de romper el maleficio, que se concreto gracias al gol del “Gallego” González, y a la benevolencia de los delanteros de Central.

No podía contener la cascada de lágrimas que brotaban de a chorros, igual que el “Bambino”, que no podía “sopotar” tanta felicidad. 23 años sin títulos valieron la pena para vivir esa jornada inolvidable. Una de las  más felices de mi vida.

Llegaría el nuevo siglo con una aparición inesperada, importado del otro lado de la Cordillera: el Ingeniero Manuel Pellegrini. Responsable de la formación que consiguió un nuevo título nacional y el primero internacional, La Copa Mercosur. Motivo por el cual un cuervo sonriente esta tatuado, y decolorado, en mi hombro.

El corolario de esta crónica se remonta a 2014, cuando dejamos de ser el Club Atlético Sin Libertadores de América (CASLA); con cientos de miles de gritos contenidos que se liberaron una fría noche de invierno en la esquina de San Juan y Boedo, y se escucharon en todo el país.

A pesar de creer que, a esta altura de mi vida, tendría la sapiencia de procesar mi fanatismo, sigo disfrutando de cada victoria y sufriendo las derrotas. Tratando de inocular el mismo veneno en mi hijo, al cual le permito lo que sea, con tal de verlo feliz; con la única restricción de que no sea fascista,  ni de otro cuadro.

 

 

Y aunque no soy Cuervo desde que estaba en la cuna, tengo la firme convicción, de que “Soy Cuervo hasta que me muera”.

 

ALMENDRA BONITA

2 Comentarios

  1. Gracias Ciclon querido por tantas alegrias!!!!!
    Cualquiera es gallina y bostero. No conocen de sabores muy agrios.
    Para gozar hay que saber sufrir.

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