Mi nombre es Ana María Careaga. Soy psicoanalista y militante en derechos humanos. Hija de Esther Ballestrino de Careaga, una de las madres fundadoras de Madres de Plaza de Mayo, secuestrada, desaparecida y asesinada durante la última Dictadura.

Fui secuestrada el 13 de junio de 1977 y llevada al Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio conocido como “Club Atlético”, que funcionaba en el subsuelo de un edificio de suministros de la Policía Federal, ubicado en la Av. Paseo Colón, entre Cochabamba y San Juan, Capital Federal, bajo el mando del Primer Cuerpo de Ejército.

Tenía entonces, 16 años y estaba embarazada de menos de tres meses. Mi secuestro se dio en un contexto de país y de región atravesado por luchas emancipatorias a través de la cuales, al calor de la revolución cubana, se aspiraba a la construcción de un sistema más justo, más equitativo.

Mi militancia temprana en la Juventud Guevarista se inscribe también en el marco de una familia comprometida con la realidad de su tiempo, sensible ante la desigualdad y la injusticia social. Mis padres eran del Partido Revolucionario Febrerista de Paraguay y se habían exiliado en la Argentina perseguidos por la Dictadura de Higinio Morínigo, primero, y luego de Alfredo Stroessner.

Es muy difícil explicar la dimensión, el alcance de lo que implica haber atravesado una experiencia traumática con las características, en este caso, de lo que fue en la Argentina el sistema concentracionario. Yo estuve secuestrada casi cuatro meses, fui brutalmente torturada y sometida a condiciones infrahumanas de existencia, permanecí siempre con los ojos vendados y cadenas en los pies.

 

 

En los Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio se perseguía la despersonalización, la pérdida de la identidad, nos sacaban el nombre y nos ponían un código, las personas eran sometidas a situaciones de degradación permanente de su condición humana, reducidas a puro desecho, el hambre era desesperante y las condiciones de detención deplorables.

Lo que puedo decir en el plano personal es que esta experiencia me planteó una profunda interrogación acerca de lo humano y lo inhumano, y que el hecho de estar embarazada y de que a pesar de la brutal tortura a la que fui sometida, mi hija sobreviviera, implicó en mí UN TRIUNFO DE LA VIDA SOBRE LA MUERTE.

Estuve secuestrada desde el 13 de junio al 30 de septiembre de 1977. Ese día nos dejaron en libertad a un grupo de 15 o 20 personas. Uno de los propósitos del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”, era sembrar el terror para acabar con todo tipo de resistencia, y crear las condiciones de implementación de un modelo económico que habría de propiciar una acelerada concentración económica en beneficio de muy pocos y en desmedro de la mayoría de la población. En el marco de una represión clandestina, la Dictadura fue propagando “un secreto a voces” ejemplificador del costo que en la vida de las personas tenía oponerse a los objetivos del sistema. Entendemos que esa liberación -como otras tantas que ocurrieron-, se inscribe en dicho objetivo.

En el campo de concentración, en la enfermería -lugar en el que estuve internada mucho tiempo a raíz de las consecuencias de la tortura-, había un ventiluz, a través del cual se podían escuchar los ruidos de la calle, vehículos y transeúntes que pasaban por ahí, mientras en ese submundo del horror la gente era sometida a las peores prácticas. Yo me dije, estando ahí, con los ojos vendados y encadenada, que quien saliera con vida de allí tenía que denunciar todo eso que sucedía tan cerca y tan lejos de la “civilización”, donde cientos de personas estaban “desaparecidas” y eran sometidas a esos tratos inhumanos y degradantes sin que sus familiares tuvieran conocimiento de su paradero, de su destino.

Fue lo que hice. La tarea en el campo de los Derechos Humanos, de denuncia y defensa de los mismos, fue decisiva para mí en el tratamiento de lo traumático, así como las herramientas de la teoría y práctica del psicoanálisis, mi profesión. Tuve a mi hija y posteriormente dos hijos más, tengo nietos y nietas, y mi pareja, que son expresión del lado amoroso de la vida.

 

 

Hay una impronta de la defensa de los Derechos Humanos en la Argentina, que fue el reclamo irrenunciable de Memoria, Verdad y Justicia. Esto implicó una lucha permanente contra todos y cada uno de los intentos de consagrar la impunidad y la construcción de un capital simbólico tangible e intangible, que formó parte de un pacto civilizatorio fundacional.

El anhelo de justicia se convirtió en un horizonte irrenunciable de ese reclamo. Yo digo siempre que el escenario de los juicios es fundamental. La desaparición forzada de personas, los delitos de lesa humanidad y genocidio son crímenes aberrantes, imprescriptibles y también irreparables respecto de sus efectos en la vida de las personas y de miles y miles de familias.

Son crímenes que ofenden la condición humana y tienen consecuencias, por ende, en el conjunto de la sociedad. Por eso la concreción de los juicios, el alcance de la justicia, la sanción de estos delitos, es esencial como reparación hasta donde esto sea posible. Hay una dimensión irreparable por la pérdida de nuestros seres queridos y lo que no pudimos compartir de nuestras vidas con ellos y ellas, por eso también la sanción de los autores de estos delitos es central.

En ese contexto los testimonios tienen un valor primordial en la reconstrucción de los hechos ocurridos durante el terrorismo de Estado y son imprescindibles. Entiendo también que, desde esa perspectiva y atendiendo a la no re-victimización de las y los testigos, dar testimonio del horror, con todo lo que eso implica, puede tener un efecto reparador no sólo para las víctimas directas sino para las familias y la sociedad en su conjunto.

 

 

En este sentido, me parece fundamental la acordada que la Cámara de Casación estableció en su momento, para que se evitara convocar a las y los testigos repetidamente y en su lugar se pudieran utilizar las declaraciones anteriores, citándolos solamente para declarar sobre hechos no incluidos en su oportunidad o para las nuevas preguntas que requirieran las partes. Los juicios permitieron también, además, reponer el texto de un relato histórico arrancado del contexto de la historia.

 

NI DANTE ALIGHIERI, NI LA BIBLIA SE ATREVIERON A RELATAR UN INFIERNO SEMEJANTE, ATESTADO DE CANCERBEROS Y VÍCITIMAS SOMETIDAS AL HORROR INEXPLICABLE. SIN HABER COMETIDO OTRO “PECADO” MAS QUE EL DE LUCHAR, HASTA DAR LA VIDA, POR UN PAÍS MAS JUSTO, RESISTIR A LOS DESIGNIOS DEL IMPERIO, QUE  COONTRATACA, SIEMPRE COONTRATACA, AÚN CUANDO PARECE DERROTADO.

POR ESOS EXTRAÑOS GUIÑOS DEL DESTINO, ANA MARÍA ASCENDIO DEL AVERNO PARA SER PORTAVOZ DE QUIENES QUEDARON SUMERGIDOS EN EL ABISMO DE LAS ALMAS. MILES Y MILES DE GRITOS AHOGADOS EN SU BOCA, QUE ATURDIERON A UNA POBLACIÓN CON LOS OJOS CERRADOS Y LOS OÍDOS TAPADOS CON LAS MANOS DE QUIENES FUERON LOS DUEÑOS DE LAS VIDAS DE CADA INDIVIDUO; LAS MISMAS MANOS QUE SECUESTRABAN, MATABAN Y SAQUEABAN.

EL INFIERNO DE LA DICTADURA SE METAFORIZÓ EN FORMAS DE “CENTROS DE DETENCIÓN”, Y EL DIABLO VESTÍA UNIFORME, CALZABAN BOTAS Y PEINABA BIGOTES.

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